Thursday, 4 December 2025

Ladrón de tienda

 Ladrón de tienda
Giovanni Mosquera
 
Era la tercera vez que ingresaba para intentar sustraer productos del Colsubsidio de la 26, sin que se dieran cuenta. Hasta el momento, había sido muy fácil tomar objetos, llevarlos a los baños y desprender las etiquetas para que no fueran detectados por las alarmas.
Esa fue la razón por la cual se tomó más tiempo del que podría haberse considerado prudente, para inspeccionar lo que habría de hurtar.
No lo hacía por necesidad, a pesar de que era estudiante universitario y el dinero era escaso. Pero no le faltaban las tres comidas del día y las fotocopias en su universidad eran tan económicas que podía darse el lujo de comprar todo el material que necesitaba para sus clases.
Tuvo la mala idea de robar en aquella tienda, gracias a una nota en un programa de televisión. La noticia advertía que los hurtos en los comercios más grandes del país eran tan comunes que los negocios destinaban una partida presupuestal para solventar aquellos gastos.
Miró la caja de condones, se la metió en el bolsillo derecho de la chaqueta, pero los volvió a dejar en su lugar, en el instante en el que recordó que se había quedado sin novia. Rompieron después de un desacuerdo por el poco tiempo que ella tenía para él, ahora que coordinaba una escuela en El Galán.
Ya había seleccionado un desodorante, unos chicles y unas baterías para su grabadora de voz Sony, cuando un grandulón de seguridad lo detuvo. Otro de aquellos tipejos se acercó y vació sus bolsillos.
Tuvo ganas de llorar al ser descubierto en el acto, pero calmado, acompañó a los hombres hasta una oficina subterránea. Allí le hicieron una requisa más exhaustiva y tomaron sus datos.
Dio nombres falsos, número de cédula inventada y hasta fabricó un alter ego también nacido en los llanos. Minimizó la sustracción de aquellos elementos llamándolos “insignificantes” y aduciendo que su presencia o ausencia no le “ponían ni le quitaban” a aquel prestigioso establecimiento.
El tipo que tomaba sus datos no le resultó ser lo suficientemente amenazante. Además de que no tuvo manera de verificar si aquel joven de cabeza rapada había estado robando en el almacén de manera sistemática. Había coronado previamente en dos ocasiones. El hombre lo amenazó con llamar a la policía. Los tombos de seguro le harían pasar una mala noche en la UPJ.
Lo obligaron a pagar en una caja adjunta a las regulares y le advirtieron que no volviera por allá. Orden que no acató: ya que regresaría años después al teatro Colsubsidio. Ubicado justo al lado de la tienda. Cuando se aprestaba a egresar con el par de “minucias” que le obligaron a pagar, las máquinas apostadas a los lados de las puertas hicieron saltar las alarmas. Él, en su premura y necesidad de alejarse de aquel lugar de escarnio público, los ignoró.
No alcanzó a dar dos pasos bajando las escaleras cuando dos vigilantes lo aprehendieron y le exigieron que entregara lo que no había cancelado.
Un grupo pequeño de personas se quedó observándolo. Un hombre de pelo largo y grasoso anunció, como si los demás no pudieran verlo, que aquel Cocoliso llevaba rato robando impunemente.
A pesar de que los tipos lo retenían con fuerza, no le hicieron daño, porque en ningún momento opuso resistencia. Él les indicó que tenía el recibo de pago en uno de los bolsillos del pantalón. La inspección les tomó una cantidad ridícula de tiempo, en la cual fue sostenido como si fuera un delincuente. Los clientes lo miraban y comentaban sobre el nivel de degradación al que había caído la juventud.
Quiso llorar y dejarles todo botado, pero los macancanes, después de verificar con su jefe, lo dejaron partir. Salió corriendo entre lágrimas y con la firme convicción de que no volvería a robarse pendejaditas, solo por la simple razón de que ya lo había hecho antes.