An English Language Philologist Blog
Sunday, 17 May 2026
EL BLUE LABEL DE JOHNNIE WALKER
Thursday, 4 December 2025
Ladrón de tienda
Era la tercera vez que ingresaba para intentar sustraer productos del Colsubsidio de la 26, sin que se dieran cuenta. Hasta el momento, había sido muy fácil tomar objetos, llevarlos a los baños y desprender las etiquetas para que no fueran detectados por las alarmas.
Esa fue la razón por la cual se tomó más tiempo del que podría haberse considerado prudente, para inspeccionar lo que habría de hurtar.
No lo hacía por necesidad, a pesar de que era estudiante universitario y el dinero era escaso. Pero no le faltaban las tres comidas del día y las fotocopias en su universidad eran tan económicas que podía darse el lujo de comprar todo el material que necesitaba para sus clases.
Tuvo la mala idea de robar en aquella tienda, gracias a una nota en un programa de televisión. La noticia advertía que los hurtos en los comercios más grandes del país eran tan comunes que los negocios destinaban una partida presupuestal para solventar aquellos gastos.
Miró la caja de condones, se la metió en el bolsillo derecho de la chaqueta, pero los volvió a dejar en su lugar, en el instante en el que recordó que se había quedado sin novia. Rompieron después de un desacuerdo por el poco tiempo que ella tenía para él, ahora que coordinaba una escuela en El Galán.
Ya había seleccionado un desodorante, unos chicles y unas baterías para su grabadora de voz Sony, cuando un grandulón de seguridad lo detuvo. Otro de aquellos tipejos se acercó y vació sus bolsillos.
Tuvo ganas de llorar al ser descubierto en el acto, pero calmado, acompañó a los hombres hasta una oficina subterránea. Allí le hicieron una requisa más exhaustiva y tomaron sus datos.
Dio nombres falsos, número de cédula inventada y hasta fabricó un alter ego también nacido en los llanos. Minimizó la sustracción de aquellos elementos llamándolos “insignificantes” y aduciendo que su presencia o ausencia no le “ponían ni le quitaban” a aquel prestigioso establecimiento.
El tipo que tomaba sus datos no le resultó ser lo suficientemente amenazante. Además de que no tuvo manera de verificar si aquel joven de cabeza rapada había estado robando en el almacén de manera sistemática. Había coronado previamente en dos ocasiones. El hombre lo amenazó con llamar a la policía. Los tombos de seguro le harían pasar una mala noche en la UPJ.
Lo obligaron a pagar en una caja adjunta a las regulares y le advirtieron que no volviera por allá. Orden que no acató: ya que regresaría años después al teatro Colsubsidio. Ubicado justo al lado de la tienda. Cuando se aprestaba a egresar con el par de “minucias” que le obligaron a pagar, las máquinas apostadas a los lados de las puertas hicieron saltar las alarmas. Él, en su premura y necesidad de alejarse de aquel lugar de escarnio público, los ignoró.
No alcanzó a dar dos pasos bajando las escaleras cuando dos vigilantes lo aprehendieron y le exigieron que entregara lo que no había cancelado.
Un grupo pequeño de personas se quedó observándolo. Un hombre de pelo largo y grasoso anunció, como si los demás no pudieran verlo, que aquel Cocoliso llevaba rato robando impunemente.
A pesar de que los tipos lo retenían con fuerza, no le hicieron daño, porque en ningún momento opuso resistencia. Él les indicó que tenía el recibo de pago en uno de los bolsillos del pantalón. La inspección les tomó una cantidad ridícula de tiempo, en la cual fue sostenido como si fuera un delincuente. Los clientes lo miraban y comentaban sobre el nivel de degradación al que había caído la juventud.
Quiso llorar y dejarles todo botado, pero los macancanes, después de verificar con su jefe, lo dejaron partir. Salió corriendo entre lágrimas y con la firme convicción de que no volvería a robarse pendejaditas, solo por la simple razón de que ya lo había hecho antes.
Wednesday, 19 November 2025
EL PAÑUELO DE ANABEL LEE
Se despertó a las cuatro de la mañana expectante, a pesar de la lúgubre mañana y el frío que calaba en sus huesos y congelaba hasta sus pensamientos más íntimos. Pasó toda la noche soñando con su única y hermosa Anabel Lee, a quien había perdido hacía tan solo dos años.
Dos años sin la mujer más
bella, la niña de su casa, la esposa más comprensiva que cualquier hombre
podría haber deseado. La que había caminado con él siempre y había soportado
semanas enteras a base de melaza, mendrugos y un potaje aguado que no le
brindaron los nutrientes necesarios, para luchar contra la tuberculosis.
Decidió que no seguiría
llorando ni sufriendo la partida de su amada y que haría de su nombre como
escritor una figura reconocible, tan importante como la de su amigo con el cual
intercambiaba epístolas ocasionales: el popular novelista inglés, Charles
Dickens.
Había quedado de reunirse
en Nueva York con un socio capitalista que estaba interesado en la apertura del
periódico que había bautizado como “The Raven Herald”. Aprovecharía su estadía
en la ciudad para visitar a su tía y suegra María Clemm, la única persona en la
familia que aún se mantenía con vida. Sin embargo, en la parada obligatoria en
Baltimore, una ciudad que siempre había considerado desastrosa y desastrada en
su pasado turbulento como un incipiente autor tratando de hacerse un nombre,
fue interceptado por Rufus Wilmot Griswold. Griswold lo convenció de que podría
presentarlo con un caballero de apellido Reynolds, que podría facilitarle el
dinero que necesitaba, para sentar las bases de su negocio editorial. Conseguir
un empleo estable era una de las condiciones que le había impuesto la viuda
Sarah Elmira Royster, para poder desposarla. A pesar de las dudas y sus
discusiones, en ocasiones acaloradas, el poeta estaba dispuesto a restaurar los
lazos de amistad con Griswold, lo que le ayudaría a salir de la pobreza abyecta
a la que había estado expuesto toda su vida adulta.
Su traje parecía estarse
cayendo a pedazos. Pero a pesar de su situación, había logrado mantener un aire
de elegancia, incluso de pedantería intelectual, adornando el bolsillo de su
camisa avejentada con un pañuelo vistoso que le había regalado Anabel Lee, por
el último cumpleaños que habían tenido la oportunidad de compartir juntos.
Griswold lo arrastró por
las calles de una Baltimore gris, sin alma. Una ciudad mortecina llena de
borrachos que parecían querer arreglar toda desavenencia a puño limpio. El país
estaba al borde del colapso de una guerra civil que acabaría con un cuarto de
la población, pero esto aún no lo sabía el poeta, ni su compañero. Griswold lo
llevó a Depsey’s Brew Pub y lo convenció de sentarse en una de las mesas
contiguas a la barra. Griswold intentó conseguir que bebiera whiskey mientras
esperaban la llegada del socio capitalista, pero el poeta se rehusó aduciendo
que había dejado de beber hacía mucho tiempo y que había prometido sobre la
tumba sagrada de su amada, que no volvería a tocar ninguna bebida embriagante,
a causa de los estragos que podía causar en su complexión débil y delgada.
Comenzaba a impacientarse cuando un hombre delgado de bigote y frente amplia, tomó asiento a su derecha y
lo saludó con un apretón helado que lo congeló con un frío glacial. No pudo
evitar dejar de mirar a los ojos a aquel personaje que parecía devolverle la
mirada, desde un rostro similar al suyo. Por un momento, creyó haberse reunido
con un doble diabólico con el nombre asonante de William Wilson, pero en
realidad, el hombre de voz suave y ademanes delicados se presentó como:
“Ryan Reynolds”, le dijo,
mientras sacudía su mano con una fuerza descomunal. “Nos complace que nos haya
podido acompañar en la ciudad de Baltimore, señor Poe. Su reputación como un
gran poeta e hijo de esta ciudad lo antecede”, afirmó Reynolds, sin dejar de
lado aquella mirada dura y fría que parecía haber petrificado al poeta en su
silla.
En un momento de aquel encuentro misterioso,
Poe tuvo una premonición, una corazonada que le indicaba que debía salir de
allí, huir y embarcarse vía a Nueva York. Pero Reynolds hablaba de dinero como
si este creciera en los árboles y prometía que Poe tendría control absoluto de
lo que se publicara en “The Raven Herald”. Reynolds solo requería de un
cincuenta por ciento de las ganancias. Se atrevió, además, con un pase mágico
de manos, a hacer aparecer ante los ojos de un atónito Poe, un contrato por
cinco años, en el que también se le aseguraba que le apoyaría en la publicación
de una serie de novelas que aún no habían visto la luz, pero que Poe querría
ver publicadas cuanto antes.
A pesar de la ingente
cantidad de promesas y el afán que tenía Griswold para que firmara el documento
lo antes posible, Poe intuyó que no todo en la vida podía darse tan fácil,
después de la racha de mala suerte que había tenido que soportar casi toda su existencia.
Griswold además no era el tipo de persona que él pudiera considerar como un
amigo. De hecho, su corta amistad había terminado poco antes de la muerte de su
amada, cuando Poe se atrevió a criticar sus poemas faltos de imaginación y su
prosa carente de inventiva y desbordante en adjetivos. Griswold había jurado
que Poe pagaría aquella humillación, aunque Poe nunca se dio por enterado sobre
las intenciones de venganza de quien pretendía ser su colaborador e
intermediario en un negocio, que probablemente habría sido el sueño de todo
escritor.
“Señor Poe”, dijo Reynolds
estirándole la última hoja del contrato e indicando con su dedo pálido y helado
el lugar donde debía firmar. “Todo contrato que nos abra un camino a la gloria
debe celebrarse con un elixir. Una bebida especial que nos llene el alma y las
venas del poder que necesitamos para seguir produciendo la mejor literatura en
América. Usted es ese ejecutor y yo velaré porque se cumplan las condiciones
para que usted nos pueda brindar lo mejor de su genio. Este Merlot…”, dijo Reynolds
mientras hacía aparecer frente a ellos una botella alta de vidrio verde, “es de
la mejor cosecha del viejo continente. Traída directamente desde Bordeaux por
el Chevalier Auguste Dupin”.
Poe reaccionó ante la
mención de uno de sus personajes, pero cuando quiso comunicarle a Reynolds
sobre la incomodidad que le generaba aquel nombre, fue interrumpido por este,
quien le pidió que bebiera tan solo una copa, a pesar de que Poe se había
mantenido sobrio los últimos meses y se consideraba abstemio. Después de todo,
podría verse como una falta de cortesía que Poe se rehusara a beber del vino
que tan diligentemente le obsequiaba su mecenas.
“Hágalo por mí”, le dijo Reynolds,
“y no olvide firmar aquí y en la tercera página”.
Los otros dos hombres
bebieron a su salud, pero en lugar del Merlot, terminaron las copas de whiskey
que habían estado bebiendo desde que tomaron asiento en la mesa.
El vino pareció calentar
cada célula de su cabeza. Por unos instantes sintió una fuerza, una fortaleza
en su interior que nunca había experimentado. Tomó el contrato e intentó leerlo
con detenimiento. En una de las cláusulas, se estipulaba que el fruto de su
trabajo y la explotación de su obra estarían a cargo de su apoderado, el señor
Rufus Wilmot Griswold. Quiso protestar, tomar la pluma y arrojarla lejos de
aquel documento, pero ahora su cuerpo parecía hecho de gelatina y sus
movimientos eran manipulados por las manos de su rival.
“No se resista, señor Poe”,
ordenó Griswold mientras lo obligaba a hacer un remedo de su firma con los
dedos fofos, para que terminara de diligenciar aquella declaración en la que
prometía que Griswold explotaría comercialmente y sacaría provecho de cada una
de las obras literarias en las que Poe había trabajado toda su vida.
Poe tuvo la intención de
levantarse de aquella mesa y correr hacia un carruaje salvador que lo alejara
de las garras de Griswold y aquel remedo de ser humano de apellido Reynolds.
Nada pudo hacer, sin embargo. Su voluntad parecía haberse desvanecido y solo
pudo observar cómo lo sacaban de la taberna y cómo era manipulado por unas
cuerdas gigantes invisibles que caían del cielo y tomaban posesión de cada
parte de su cuerpo. Su existencia en el mundo se asemejaba a la de una clase de
marioneta cósmica que se movía de un lado al otro, votando por los candidatos
de diferentes afiliaciones políticas y vomitando en cada rincón de la lúgubre
ciudad de Baltimore.
Lo despojaron de su ropa y
lo vistieron con andrajos más grandes que los propios, lo que de por sí no era
complicado, ya que podía afirmarse que Poe era un hombre de dimensiones
relativamente pequeñas. Medía alrededor de un metro setenta y tres de estatura
y no debía pesar más de cincuenta y nueve kilos. No opuso resistencia al
momento de ser despojado de su viejo traje, pero cuando intentaron tomar aquel
pañuelo vistoso que le había regalado su esposa, pataleó como un niño pequeño,
lloró sin control y se aferró a él como si lo poco que le quedara de vida,
dependiera de aquella prenda que lo mantenía en un estado de semiconsciencia. Un recuerdo que conservaba su corazón aun latiendo y su cuerpo en movimiento.
Fue encontrado días
después, vagando por las calles de Baltimore, con ropas de talla mucho más
grande, desorientado y en un estado casi catatónico, como el descrito en
algunas de sus historias más terroríficas.
Joseph Walker, un
tipógrafo de la ciudad, lo halló en aquel estado de delirio. Contactó al médico
y editor Joseph Sandgrass, quien fue la primera persona que lo reconoció antes
de su muerte. Lo llevaron al Washington College Hospital, donde el aire tenía
un olor penetrante a cloro y hierro. Entre lapsos de lucidez y delirios
febriles, Poe murmuró nombres, fragmentos de oraciones, recuerdos de un cuervo
y un corazón que latía bajo el piso. Poe exhaló un suspiro que sonó a despedida
prematura. Hasta el último minuto de su existencia, se aferró a aquel pañuelo
vistoso, presente de su amada Anabel Lee y dejó que la negra muerte lo cobijara
y lo llevara junto a ella.
Tuesday, 18 November 2025
LUNA
Un adelanto de "En cuatro", que saldrá publicada para la Fería del Libro del próximo año.
Luna
Luna no es su nombre real, pero es el único que viene a mi mente cuando veo su cara en mis recuerdos. Cuando pronuncio su nombre, puedo sentir lo dulce de su boca y un poco de felicidad. Mi vida, como la de mucha gente allá afuera, es un estercolero. Es el resultado del desperdicio y de las frustraciones que se han acumulado a lo largo de los años. Llevaba años hastiado, saltando de trabajo en trabajo entre la monotonía del salón de clases y los estudiantes pegados a sus teléfonos móviles como moscas sobre excremento.
Estaba trabajando en un remedo de universidad que parecía
un jardín de infantes. La vida pasaba sin sobresalto. A veces lograba agregar
emoción al sinsentido ingiriendo litros de alcohol. Pero después de un par de
borracheras seguía sintiéndome solo y abandonado, víctima de un sistema opresor
que agotaba las ganas que tenía de luchar. Luna llegó en aquel momento, o la
soñé. La hice realidad a través de mis pensamientos y logré que se
materializara en un burdel de Chapinero.
Ingresé a aquel bar sordido para verme con una
negra de proporciones generosas. Pero como ella era tan dadivosa con los
servicios que prestaba, fue imposible encontrarla desocupada. Tuve que sentarme
paciente a ver desfilar las mujeres que no conseguían cliente. Por primera vez
en la vida tuve suerte. Era una mujer hermosa. Pequeña como una muñeca, pero
con ojos de diabla y mirada libidinosa. Su culo era altivo. Tenía un tatuaje
que recorría una nalga y se perdía entre sus piernas. Su pelo era de india y
sus dientes relucían blancos y finos. Parecía una princesa de otro mundo.
Decidí saborearla poco a poco. Degusté cada uno de los
pliegues de su piel. Llegué hasta donde nadie había llegado y la amé como nunca
nadie la había amado. Ella era una amante exigente y siempre pedía más. Yo
quería darle todo lo que me pidiera, hasta carro y casa si quería, pero no lo
hizo. Me pedía dulces como una colegiala. Yo le llevaba helados, chocolates y
leche condensada, que luego vertía en su sexo estrecho y procedía a lamer.
Empezamos a vernos fuera del burdel. Luna ni siquiera
podía pronunciar mi nombre bien. Aunque decía ser santandereana, su acento
sureño reflejaba una extracción más urbana, sureña. Pero a mí no me importaba
porque yo era feliz con ella. No pude hacer nada para evitar caer rendido a sus
pies y adorarla como al cuerpo celeste que su nombre evocaba. Sentí que era succionado en el maëlstrom de sensaciones a las que me absorbía su boca y aquel
agujero negro entre sus piernas.
No podría decirse que tuve una relación seria con Luna. Lo
que tengas con una prostituta debe ser de índole físico. Tal vez fue el deseo
de poseernos el uno al otro lo que nos llevó a pensar que las cosas podrían haber
funcionado. A los hombres solo nos gusta que las mujeres sean putas en nuestra
cama, no en la de los demás. Luna quería que dejara todo atrás y me fuera a
vivir con ella, ¿pero para qué? ¿Por qué razón? Ella era tan mía como de los
demás tipos que frecuentaban aquel bar de Chapinero. Empecé a dejar de verla
con el pretexto de la pandemia. Dejé de asistir al bar e inventé excusas para
no tener que encontrarme con ella.
Luna nunca me permitió penetrarla a pelo. Pero las dos
últimas veces que nos vimos, se relajó, tal vez para retenerme, para evitar
perderme. Un día me convenció de que nos viéramos en un motel de Las Ferias.
Casi no llega, pero cuando bajó del taxi, estaba tan hermosa como siempre,
aunque había perdido peso. Para poder aguantar la exigencia, tomé sildenafil. La
erección no desapareció a pesar de que nuestro encuentro se extendió por horas.
Después de aquel día, dejé la pastilla azul y empecé a hacer ejercicios de
respiración que me ayudaran a controlar la erección de manera natural.
Ese día se despidió contenta y me arrastró a una tienda
para hacerse comprar un pijama. Traté de decirle adiós de la manera más distante
posible. Las calles de Las Ferias estaban atestadas de transeúntes a esas horas
del día y yo no quería arriesgarme a que me viera un conocido. Le di un beso en
la mejilla. Ella me tomó del saco con fuerza y me dijo “despídete bien”
mientras me arrastraba hacia sus labios y a su cuerpo menudo. Luna tenía ese
tipo de detalles que me hacían sentir único, especial.
Después de aquel encuentro, caí en una honda depresión.
No quería saber nada más de nadie y pensaba que mi vida ya no tenía sentido.
Siempre me he considerado un fracasado con ínfulas de grandeza. Aquellos días,
las ganas de triunfar y de ser alguien me habían abandonado. Traté de rechazar
a Luna, de dejarla, de nunca más volver a verla. Si me enamoraba de ella, me
vería inmerso en una situación desventajosa de la que me sería difícil salir.
“¿Y qué hay de tu felicidad?”, me decía todo el tiempo,
cuando de la manera más racional posible trataba de explicarle por qué había
decidido no volver a verla.
Un fin de semana
tuve una discusión fuerte en casa, e hice lo que hacen los hombres casados cuando
quieren salvar la relación con sus mujeres: se marchan, dejan de pelear y
buscan placer fuera.
Encontré el teléfono de Luna en la lista de favoritos. No
solamente me dijo que sí, sino que me juró que pasaría uno de los mejores días
de mi vida y así fue. Tomé un taxi que me llevó en tiempo récord entre la
maraña del tráfico bogotano.
Parecía más joven que el último día en el que nos vimos.
Su sonrisa brillante iluminó mi rostro como el cielo que brillaba con alegría
sobre Chapinero. Me abrazó con fuerza. Me besó como si nunca me fuera a volver
a ver.
Nos comimos a besos en el cuarto del motel. Casi no dejé
que ingresara cuando mi lengua buscaba su lengua y mis dedos se internaban
profundamente en su sexo. Su vagina era como un río que fluía en subienda y se
llevaba todo a su paso. Nos desnudamos en un frenesí de excitación total que me
llevó al cielo y me tuvo allí hasta el final de la tarde. Ni siquiera esperé
para quitarle la ropa interior antes de penetrarla. En cuestión de minutos,
Luna parecía convulsionar sobre mi cuerpo y sus uñas marcaban mis brazos y mi
espalda con fuerza, pero sin rasgar ni romper la carne. Quería que durara toda
la tarde.
Su sexo era tan estrecho y cálido que debí moverme suavemente
con la lentitud de un depredador voraz acercándose a su presa. Ella, después de
mojarme y venirse en espasmos fogosos, quería aligerar el paso, quería que la
llenara en todo su ser. Yo quería que fuera solo mía, quería embarazarla.
Quería que un diminuto ser quedara alojado en su hermoso cuerpo, que se
pareciera a mí y que amara tanto a su madre como yo la amaba en aquel momento.
Pasamos un momento placentero en la tina, acariciándonos,
riéndonos y besándonos como dos muchachitos. Luego, ella se tomó todo el tiempo
para arreglarse, de pie frente al espejo, mientras yo encendía la televisión y
sintonizaba la final de la Liga de Campeones.
No quería que se fuera. La tomé entre mis brazos y la
besé despacio, sintiendo todo su cuerpo. Esa fue la última vez que nos besamos
de aquella manera. Salimos de la mano por las calles atestadas de transeúntes.
Habíamos saciado nuestra sed y ahora sentíamos hambre. Ingresamos a una
lechonería frente a la Plazoleta de Lourdes. Ella pidió un plato de
lechona.
Le dije que sería lindo que tuviéramos un hijo. Me
contestó que para qué, si ella ya no sabía qué éramos ni adónde quería yo
llevar todo. No supe qué más decirle. Me callé y simplemente la abracé. La
abracé con fuerza, con lágrimas en los ojos, porque en aquel momento sabía que
ella ya no volvería a ser mía. Unidos en aquel abrazo, supe en aquel instante
que no nos volveríamos a ver y que ella empezaría a odiarme, porque tal vez era
uno de los primeros, si no el único hombre que la había rechazado.
Me costó mucho desprenderme de Luna. Desesperado veía
cómo los días pasaban monótonamente sin poder encontrar un poco de luz. Traté
de buscar su reemplazo en otras mujeres, pero no encontré la misma química, el
mismo entendimiento y, por supuesto, el amor. Luna me dio su corazón
y lo terminé despreciando. A veces me levantaba con ganas de acabar con todo, pero
debía mantenerme con vida, debía seguir existiendo porque quería seguir siendo
aquel putañero sinvergüenza que busca mujeres en las calles lúgubres de la
ciudad.
Monday, 3 November 2025
INTENTO DE RAPTO
INTENTO DE RAPTO (en construcción)
Giovanni Mosquera
Papá llamaba a mamá cada diciembre
cuando le pagaban su bonificación navideña, para que nos acomodara en un bus
que nos dejaría a una cuadra de la casa donde vivía con sus padres y los hijos
de una de sus hermanas. Las vacaciones significaban que veríamos a papá, ya que
papá sólo lo teníamos de cuerpo y presente en época de receso escolar. Pasar fiestas
decembrinas con papá era aquella época del año en la que pediría algo imposible
de comer para mi edad y acabaría con dolor de barriga y vomitando hasta tarde
en la noche.
No recuerdo porqué razón, aquel día
mi hermano no nos acompañaba. Supongo que mis padres hicieron algún experimento
en el que mi madre pasaría las navidades y el año nuevo con César, mientras yo
los pasaría con papá. Lo que me pareció un trato esplendido porque César me caía
mal y contaba mentiras desde que despertaba hasta caer la tarde. Además, cuando
veíamos películas de terror como “La mosca” de David Cronenberg, solía imitar a
los monstruos de aquellos filmes y terminaba emulando algo desagradable de la
película que ejecutaba directamente sobre mí. Recuerdo su triste imitación de
la “gota de vómito” del monstruo horripilante en el que llega a convertirse el
personaje de Jeff Goldblum, vertiendo un remedo de kumis pestilente sobre mis
brazos y mis piernas directamente de su boca.
Viajamos a Villavicencio temprano en la mañana y lo primero que recuerdo
es un centro de la ciudad atestado de personas. La gente corría presurosa a comprar
ropa y cualquier tipo de adorno navideño que se vendía desde locales que parecían
ilegales. Papá me llevaba firme con su mano gruesa, a través de los laberintos
poblados de gente que parecía muy alta, moverse muy rápido y no tener un rostro
definido. Caminaba temeroso de perderme entre el mar de personas que se movían
en dirección opuesta a la nuestra. Papá seguía guiando con mano firme, pero ya casi
no veía su rostro. Él se movía a un ritmo diferente del de los demás, sus
piernas aparecían y desaparecían del suelo en una vibración y sintonía eléctrica.
Mis cortas piernas no lograban seguir el ritmo de su marcha presurosa.
Papá se internó en un local donde no había vitrinas para exhibir los
productos, solo mesas repletas de jeans que se vendían a precios probablemente
irrisorios. Supongo que era así, porque al local no le cabía una sola alma y
todos los adultos se habían lanzado a escoger los pantalones que comprarían
como parte del estreno, para el veinticuatro y el treinta y uno.
En apenas unos segundos, perdí la conexión que hasta aquel momento había
mantenido con papá y perdí además mi contacto visual con él. Parecía haber sido
absorbido por el cardumen en el que se había convertido la masa de personas que
se abalanzaba desesperadamente sobre la montaña de jeans. Busqué a papá con la
mirada, pero había desaparecido. Miré hacía la salida del local y no lo hallé en
el mar de personas que ingresaban, salían y transitaban a esa hora de la
mañana. Volteé para buscarlo y en aquel momento, sentí una mano más avejentada
que la de papá. Una mano que parecía acostumbrada a labores más rudas que al
oficio que exponía a papá a la tiza, el tablero y a los cariños de sus
estudiantes mujeres.
Esta mano desconocida, huesuda y callosa aprisionó mi mano de dedos largos
y delicados y con cierto éxito logró arrastrarme unos centímetros, pero su paso
estaba siendo obstaculizado por la masa inconsciente que había bloqueado cada
pasillo del local. Intenté deshacerme de aquella mano llena de dedos sucios y manchas
de nicotina, sin efecto. Grité: “papá, papá”, una, dos veces, sin lograr que él
apareciera y, por último, con mi mano libre, golpeé con rabia aquella mano que
intentaba raptarme y arrastrarme y condenarme a una vida de mendicidad, o tal
vez a la muerte misma.
Le hice daño. Logré lastimar su tosca mano huesuda y me soltó y se
escabulló entre el mar de gente para perderse para siempre. Di con mi papá
entre el grupo de compradores y le conté que un tipo había intentado raptarme,
pero que había tenido la fortuna de librarme de él y hacerle daño.
“¿Dónde está? ¿Qué se hizo para meterle un coñazo?” me preguntó mientras
preparaba un derechazo y ponía a punto su olfato de pugilista. A los treinta y
pico, papá tenía físico de boxeador de antaño. Me lo imaginaba en su juventud
al estilo de Mohammed Alí, acribillando a sus rivales en el ring y evadiendo
golpes con la agilidad de un gato. Pero su contrincante había abandonado el
ring al haber caído en la cuenta de que no habría forma de enfrentarse a papá y
a la turba furiosa que de seguro lo apoyaría.
Después del acontecimiento de aquella mañana, papá me llevó a la Cuncia
en uno de aquellos camperos rojos que transitan por toda la ciudad y que transportaba
a la gente que había estado haciendo las compras navideñas. Después de tomar
algo ligero en la vereda, nos dirigimos a Acuallanos, un parque acuático
que hacía poco se había inaugurado, y en el que nos divertimos durante el resto
de la tarde.
Regresamos temprano al anochecer, con hambre y deseos de descansar en
aquel hotel ubicado en el centro de la ciudad donde nos estábamos hospedando.
El apetito voraz de una tarde sin un almuerzo apropiado, me hizo pedir un arroz
con pollo que engullí como un canino a punto de morir de inanición. Papá se
bajó un bistec completo. Mi indigestión causada por el arroz, lo obligó a
comprar una sal de frutas que debí tomar a sorbos, mientras veíamos las
noticias en una sala de estar del hotel.
Sunday, 26 October 2025
EL BLUE LABEL DE JOHNNIE WALKER
EL BLUE LABEL DE JOHNNIE WALKER
Giovanni Mosquera
A pesar de que tomaba mis infortunios con seriedad, no podía entender por
qué aquellos que yo pensaba que eran mis amigos, se burlaban como si me
estuviera riendo con ellos, e insistían en fastidiarme haciéndome sentir como
la persona más estúpida del mundo.
Es verdad que me pasé un poco de copas y terminé dando mis opiniones
impopulares sobre el ejercicio de nuestra vapuleada ocupación. Además de
afirmar, que no había tenido la necesidad de hacer el curso obligatorio de
pobreza, del cual ellos parecían sentirse orgullosos. Cada ridiculización fue
tolerada hasta que Fortunato llegó a la ofensa, el día aquel en que marqué sus
pantalones con mi sangre.
La semana previa a aquel incidente, se había pegado a mí como una
estampilla e intentaba jugarme todo tipo de bromas, algunas de ellas de
carácter infantil que me dejaron un mal sabor de boca. Sentía que mi vida se
caía a pedazos en mi estado de ánimo, la relación tambaleante con mi compañera
y en mis finanzas. Cada vez se iban dilapidando más mis recursos y no
encontraba mayor sosiego que beber en compañía de Fortunato y su amigo
Prospero, que parecían haber adquirido el hábito de gastarse bromas cada cinco
minutos.
Había soportado hasta donde fue posible, los mil pequeños agravios de
Fortunato, pero cuando se enojó rubicundo al devolverle broma pesada tras broma
pesada, con una en la que manché sus pantalones con mi propia sangre (a causa
de un accidente con una grapadora inútil que perforó mi índice y el medio
derecho) y se atrevió a insultarme y amenazar con destrozar y acabar con mis
posesiones, juré que habría de vengarme.
Ustedes que conocen mi temperamento, no supongan que pronuncié la más
ligera amenaza. Algún día me vengaría, eso era definitivo. Pero era importante
actuar con cautela, sin correr el menor riesgo. No solamente era necesario
castigar, sino castigar con impunidad.
A pesar del insulto recibido y la humillación que recibí de parte de
Fortunato, ni por medio de palabras ni de acciones, le di la ocasión de
sospechar de mi buena voluntad. Continué saludándolo como si fuéramos los
mejores amigos y sonriéndole siempre, como era mí deseo, y él no se apercibió
de que ahora, sonreía yo al pensamiento de su inmolación.
Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras cosas podría
considerársele un hombre que inspiraba respeto e incluso temor. Se preciaba de
ser un gran conocedor de licores y un hombre de mundo en lo que se refiere a
todo tipo de bebidas alcohólicas, sobre todo las espirituosas. En materia de
literatura era un charlatán producto de las teorías descolonizadoras tan de
moda en las universidades postmodernas, además de que su desempeño laboral era
pobre y Prospero se mofaba de él por considerarlo lo que él llamaba un profesor
“porno”. Es decir, un maestro que por no hacer nada, pone películas en todas
sus clases.
Tuve la fortuna de cruzármelo aquel treinta y uno de octubre, a la
altura de la quince con cuarenta, cuando me disponía a atravesar la avenida con
el objetivo de realizar una diligencia que me obligaba a trasladarme a una zona
céntrica de la ciudad, para resolver un problema que, si salía como todos lo
estábamos deseando, nos permitiría vivir cómodos el resto de nuestras vidas.
Fortunato vestía un traje de payaso llamativo, con abundante maquillaje
barato que parecía querer escurrirse aquella tarde ante la acción del sol
inclemente.
Se inclinó de inmediato a saludarme y casi termina dándome un beso con
sus labios pintados de un rojo carmesí, que se derretía poco a poco. Pude oler
su grosera embriaguez, producto del consumo excesivo de la cerveza fría que se
despacha en las tiendas de barrio. A pesar de las circunstancias, me animé a
invitarlo a la vieja casa de mi padre, ubicada no muy lejos de allí, entre unos
locales venidos a menos cerca del San Benito.
Fortunato indagó la razón por la cual deberíamos arriesgarnos a ir a una
zona considerada problemática en la ciudad y yo terminé confesándole que la
razón primordial por la cual debía volver a la antigua casa donde otrora había
vivido con mis padres, era recoger una botella de Blue Label de Johnnie Walker,
que me había traído mi entrañable amigo El
Coco Montresor, de uno de sus viajes por la República Argentina.
“¿Blue Label?”, me preguntó incrédulo.
“Blue Label. Eso fue lo que me dijeron que había dejado” afirmé sin titubear, intentando generar un
poco de curiosidad de su parte.
“Blue Label es caro. ¿No será más bien que le dejaron una
botella de Black y le engañaron para que cayera?” inquirió dubitativo, mientras
exhibía sus dientes de perla, blanqueados en una de
las tantas visitas
que hacía al consultorio odontológico.
“No tengo razón para dudar de lo que dijo”, agregué. “Estoy
seguro de que, si El Coco me aseguró que me
trajo una botella de Blue Label de Johnnie Walker, es porque me trajo una
botella de Blue Label. Y ya que usted amigo mío, no cree que alguien me pueda regalar una botella de Blue Label desinteresadamente, estoy dispuesto a compartirla sólo con usted, si me
acompaña a la vieja casa de mi padre a recogerla”.
“¿Y podemos tomarnos el
Blue Label?”
“Y podemos bebernos todo el Blue Label hoy mismo si así lo desea”.
Pude ver un destello en sus ojos a pesar del efecto del
alcohol, que afectaba su capacidad de mantenerse en pie y lo hacía trastabillar
por las aceras.
Traté de convencerlo de que era conveniente que camináramos
con sumo cuidado, para que no sufriera ningún percance en la calle, a causa de
los malos tragos que había ingerido en las horas de la mañana.
Los niños ya circulaban por las calles y se arremolinaban a
las entradas de los establecimientos comerciales para pedir dulces y caramelos.
Durante el camino, Fortunato marchaba en silencio, parecía concentrado en la
botella de Blue Label y su semblante había adquirido un tono un poco más
saludable. Pronto tendríamos aquella botella en las manos y eso sería
suficiente para ser felices, porque el Blue Label de Johnnie Walker, es un
elixir.
Trastabillando, ingresamos a la casa. En otros tiempos se
asemejaba a un palacio colonial en medio de una zona urbana venida a menos. Su
aspecto ahora era deprimente y en su exterior crecían malezas sin control.
Activé la cerradura con mi vieja llave de hierro forjado, e hice la correspondiente venia para que
Fortunato se internara en las fauces de la que sería su última morada.
El olor a guardado y el polvo
hicieron mella en su organismo debilitado por el alcohol y un catarro que
posiblemente había venido padeciendo desde hacía un par de días.
“Hay mucho polvo”, dijo arrastrando las palabras, a causa de la embriaguez. Luego, comenzó a toser de manera
descontrolada.
“Es imperativo que cuide de sí mismo, Fortunato. Su salud es
preciada. Es usted un hombre que incluso siendo rico seguiría sirviéndole a la
comunidad. Es respetado, admirado, amado. Es usted un hombre feliz, como lo fui
yo en otro tiempo. Todavía conserva usted la actitud positiva y la lozanía
embellecedora de la juventud. Es usted un hombre qué sin duda, haría falta”.
“No me voy a morir por un par de tragos mal habidos, tetranutra”, me contestó con un súbito
relampagueo de sus ojos feroces, que por un momento parecían haber adquirido un
brillo deslumbrante. Rio y se incorporó temblando sobre sus dos piernas, para
luego dirigirse hacia mí, haciendo un gesto obsceno con las manos y la lengua.
Repitió su movimiento grotesco rápidamente, apuntándome con el índice derecho y
con voz ronca anunció:
“Usted, Giovanni Giorgio, es un completo tetranutra”.
“¿Un tetranutra?”,
pregunté confundido.
“¿No comprende?”, inquirió.
“No, la verdad no. Debo reconocer que me siento desconectado
del léxico y las maneras que utilizan los muchachos que tenemos en el aula de clases”.
“Verdad que usted es un arribista sin dinero”, respondió sin
pudor, mientras tomaba asiento obligado por la
fuerza de gravedad y el grado de embriaguez que apenas conseguía soportar.
“Un tetranutra es
un treinta y tres mil veces hijueputa”, agregó.
“¿Cómo se puede ser tantas veces hijueputa sin acabar
aplastado ante la gravedad de tamaño insulto?”, contesté en tono socarrón
mientras me dirigía a la cocina cubierta de polvo y heces de cucarachas y
roedores.
“¡Oiga, Giorgio! Y este lugar merece una barridita, pero es
grande y se pueden hacer unas buenas rumbas con unas muchachitas”, afirmó
mientras contemplaba la sala, arrellanado en la poltrona.
“No se va a poder porque esta casa tiene un proceso encima y
en cualquier momento se la queda el banco para cubrir los gastos. Además,
vinimos por el Blue Label”, contesté mientras inspeccionaba la nevera.
“Es verdad. ¿Dónde está el Blue Label del cual me había hablado?”.
Saque la botella todavía en la caja y dejé que la sostuviera
en sus manos.
“Parece legítima”, dijo con el entusiasmo propio de los
infantes, pero con el tono lento ininteligible de los ebrios de antaño.
Lo convencí de que me devolviera la caja para poder extraer
la botella sin quebrarla. Fortunato
parecía maravillado ante la contemplación del licor preciado. En un tono de
gozo juvenil, aseveró que sus cálculos mal hechos, le indicaban que la botella
de 750 mililitros debía estar avaluada por encima del millón de pesos.
“Entonces vamos a consumir casi cien mil pesos en cada
trago”, comenté intentando sonar inexpresivo, sin emociones.
Tomé la botella de sus manos temblorosas y la llevé a la
cocina. Procedí a servir dos tragos y en el de mi amigo Fortunato, agregue un
fármaco potente que estaba seguro le haría perder la consciencia por un par de
horas. Creí que se me había ido la mano con la dosis y que Fortunato notaría un
color y olor extraño en su bebida, pero mi querido amigo se sentía tan
afortunado de poder degustar el Blue Label de Johnnie Walker, que en ningún
momento realizó un comentario que pudiera tomarse como indicio de que había
descubierto que su trago había sido adulterado.
Al contrario, bebió lentamente, como si se estuviera tomando el tiempo
necesario para saborear cada gota que le había
servido. Cuando terminó, me miró a los ojos con semblanza de hombre poseído y
anunció en mal acento argentino que: “definitivamente el Blue Label de Johnnie Walker, es un elixir”.
Apenas había terminado de pronunciar aquellas palabras,
cuando su cuerpo se inclinó de forma violenta y fue a dar al suelo desparramado sobre la superficie dura y fría.
Arrastré su cuerpo voluminoso hasta el último cuarto de la casa (la habitación
de San Alejo) y lo esposé a la tubería de plomo antigua que convenientemente
sobresalía de la pared. Tuve mil ideas lunáticas, cada una más improbable que
la anterior, para hacerle pagar sus pecados y me decanté por una estratagema en
la que le haría creer que había abusado de él y le había quitado lo que más apreciaba: su hombría.
Fortunato siempre había sido un homofóbico acérrimo. Solía
hacer comentarios sobre el bajo nivel moral que tenían los profesores “maricas”
y el peligro que representaba tener a este tipo de individuos indecentes en el sistema de educación pública.
Incluso había afirmado en algunas de sus noches de jolgorio etílico, que
deseaba convertirse en ministro de educación, para poder dar por terminados los
contratos de los profesores homosexuales y dejarlos a todos en la calle.
Fue difícil despertar a Fortunato, a pesar de que encendí la
vieja televisión del cuarto de San Alejo y sintonicé una película de Dolph
Lündgren en la cual el vikingo de Hollywood masacraba a enemigos sin rostro, a
diestra y siniestra.
“Fortunato, Fortunato”, lo llamé. A pesar del fuerte efecto
del narcótico, pude ver que apenas abrió los ojos,
notó que se encontraba desnudo. Intentó rascarse las
nalgas con la pared ante la incomodidad causada por la sensación de estar sucio
o de haberse hecho encima
“¿Qué está haciendo, Giorgio? Suélteme que creo que me he cagado. Siento que tengo el culo sucio,
pegajoso”, ordenó en su vozarrón estridente,
que de seguro podría haber comandado temor a
todo un batallón.
“Debo confesarle algo, Fortunato”, le dije “La verdad es que
su actitud burlona e insoportable me jugaron una mala pasada y me vi obligado a
arrebatarle la ropa y a violarlo. Pero no sólo fui yo. Dos amigos más
estuvieron anoche, y entre los tres tomamos turnos y nos lo comimos”
“Estás jugando conmigo de seguro, Giorgio”, me contestó
incrédulo.
Y yo le aseguré que a pesar de lo ridículo que la situación
parecía sonarle, de verdad lo habíamos penetrado y lo habíamos disfrutado
tanto, que habíamos tomado turnos para abusar de su cuerpo.
Gritó con furia, gritó con tristeza, pero, sobre todo, gritó
porque entendía que su hombría había sido mancillada. Una serie de fuertes y
agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado. Durante un
momento quise detener la broma. Vacilé, me estremecí y me sentí tentado a decir
toda la verdad y confesar que lo que tenía Fortunato en sus posaderas, era simple clara de huevo.
Recapacité a tiempo y en lugar de recular, respondí a los
gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y en
fuerza. Así lo hice y el que gritaba acabó por callarse. Su mirada quedó fija
en el piso y por un instante creí que había perdido la consciencia. Un largo
hilo de saliva descendió de su cabeza y conectó su cavidad bucal con el suelo. Cuando me aprestaba a abandonar la
habitación, comencé a escuchar una risa
ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste que,
con dificultad, la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
“¡Buena broma, amigo mío, buena broma! Lo que nos reiremos
luego con Prospero y los demás muchachos. ¡A propósito del Whiskey!
“El Blue Label de Johnnie Walker”, dije.
“Sí, el Blue Label, ¡Qué maravilla de trago! Pero ya se está
haciendo como tarde ¿No estarán esperándome mi amada esposa y a usted sus
pequeñas hijas? Vámonos”.
“Sí”, le respondí, “vámonos ya”.
“¡Por el amor de Dios, Giorgio!”
“Sí”, le contesté; “por el amor de Dios”.
En vano me esforcé por obtener respuesta a mis últimas
palabras. Me impacienté y volví a llamarlo en voz alta.
“¡Fortunato!”.
Pero no hubo respuesta, así que volví a llamar.
“¡Fortunato!”.
Pero no contestó.
Me acerqué a su rostro y noté que su respiración era
inexistente. Intenté tomar su pulso, sin éxito. Al parecer, Fortunato había sido víctima de un ataque al corazón
fulminante. Tal vez no había podido sobrevivir a la broma cruel con la cual
vilipendié su orgullo masculino y lo marqué como homosexual de closet. Una vida abiertamente gay de puertas abiertas habría sido demasiado para un hombre
que destilaba testosterona hasta en la manera de caminar.
Tuve que cavar profundo en el patio de la casa, enterrar el cuerpo corpulento de Fortunato,
además de mis remordimientos. A pesar de que estaba
seguro de que ninguno de los vecinos me había visto llegar con él, debí huir a
una ciudad densamente poblada en otras latitudes y con un idioma que no sonaba
a nada de lo que había escuchado hasta el momento.
Evito ver las noticias para chocarme de golpe con el escenario en el cual encuentran los restos de Fortunato en el patio de la casa, y empiezan a indagar para terminar dando con mi paradero. Pero hasta el momento, nadie parece
haberlo tocado. Su cuerpo yace ahí, bajo la casa abandonada de mi padre y la
botella de Johnnie Walker lo acompaña. Decidí sepultarla a su lado, para que
logre tener algo de sosiego en el inframundo. Pronto volveremos a vernos, para saldar nuestras cuentas en el más allá.
Monday, 26 August 2024
PHILIP K. DICK: EL PROFETA ESQUIZOFRÉNICO DE LA CIENCIA FICCIÓN
¿Qué es la realidad? ¿El pasado que recuerdas realmente existió? ¿Pueden existir dos realidades simultáneamente? ¿Eres quien crees ser? Según Philip K. Dick, todas estas preguntas son no solo válidas, sino necesarias para la reflexión en la vida de todas las personas. Para Dick, la realidad que conocemos es apenas una entre muchas posibles dimensiones. Todas sus novelas y cuentos han predicho una serie de eventos que parecen desarrollarse mientras hablamos, por lo que autores de ciencia ficción, e incluso científicos y futurólogos, lo consideran el profeta del mañana. El mañana comienza cuando la imaginación se dispara: es un destello de intuición que derriba las limitaciones del ayer e inspira tecnologías para crear nuevos mundos.
Para realizadores como Ridley Scott, Philip K. Dick es el Charles Dickens de la ciencia ficción. Con su gran densidad y detalle, casi todas sus narraciones provienen de un lugar real, de la realidad cotidiana: desintegración, suciedad, corrupción. Dick veía el lado oscuro de las cosas y encontraba un romanticismo en él. Ese elemento oscuro, esos rincones sombríos tienen un aspecto romántico dentro de su propia oscuridad.
Philip K. Dick escribió cuarenta y cuatro novelas y ciento veinte relatos a lo largo de treinta años de carrera. Escribió su ciencia ficción cuando los computadores aún eran experimentales y los teléfonos estaban conectados por cables. A pesar de eso, predijo un futuro en el que la ciencia cambiaría nuestra percepción de lo que es real. Philip K. Dick tenía momentos de paranoia en los que presentía que aquellos cambios hacia una sociedad distópica ya habían llegado y afectaban su vida. Un día de noviembre, a principios de los setenta, encontró su casa revuelta: su caja fuerte ignífuga había sido forzada y sus extractos bancarios y manuscritos habían sido destruidos. Las posibilidades daban vueltas en su cabeza: ¿Acaso sus libros sobre conspiraciones del gobierno se habían acercado demasiado a la verdad? ¿Habrían entrado unos drogadictos, inducidos por sus alucinaciones? ¿O era él quien estaba alucinando? ¿Le habían engañado para que pensara que su casa había sido allanada? ¿O era una visión del futuro que aún no había tenido lugar?
Dick tenía un largo historial de visiones atribuidas a la esquizofrenia, las drogas o la paranoia. Nadie tiene una respuesta definitiva al respecto. Cualquiera que fuese la causa, sus dudas sobre la realidad alimentaron durante décadas su quehacer creativo. Desde mi punto de vista, Philip K. Dick es la figura más importante de la ciencia ficción. Un aspecto central de su escritura es la oscura visión de las cosas que tenía y los posibles efectos negativos que podían traer los cambios en la tecnología. En primer lugar, la obra de Dick explora el impacto de la tecnología en la conciencia humana. Sus protagonistas, en muchas ocasiones, luchan por separar la realidad de la versión creada para ellos por la alta tecnología. Por ejemplo, en la película Blade Runner de 1982, basada en su novela distópica ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Se plantea un futuro en el que los robots podrían tener conciencia y capacidad de pensar, soñar, dormir y sentir. La pregunta retórica en el título de su novela nos lleva a uno de los grandes interrogantes que Dick explora a lo largo de su obra: ¿Qué significa ser humano? En Blade Runner, Deckard es un oficial de la ley en busca de robots que parecen humanos y tienen sentimientos. Su misión es eliminar a estos androides defectuosos que se están haciendo pasar por seres humanos ilegalmente. Es una historia que deja una sensación de inquietud, en la que nada es lo que parece. La descripción de los replicantes y su búsqueda por conocer su origen y su propia negación de la mortalidad los convierten en seres más humanizados que los propios humanos que les persiguen.
Si creáramos un robot prácticamente indistinguible de un ser humano, ¿qué significaría ser humano? ¿Qué ocurriría si los robots tuvieran sentimientos? se pregunta el físico teórico Michio Kaku. ¿Qué nos diferencia de las máquinas? Más de cuatro décadas después, la ciencia ha logrado una visión muy cercana a la de los androides humanoides de Dick. Podemos afirmar sin duda que Philip K. Dick ha influido en la robótica androide mucho más de lo que podemos imaginar. Yo diría que los androides que se parecen a los humanos nos ponen nerviosos porque nos preguntamos si tienen alma, comparten nuestros valores, o si son una extraña tribu de seres mecánicos que están invadiendo nuestro mundo. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Deckard utiliza un test de empatía para determinar si está frente a una máquina o a un humano. La ausencia de empatía indica que el individuo es un androide, una revelación que a veces sobrecoge al propio androide, ya que generalmente se le implantan recuerdos de una vida que nunca ha vivido. Aquí entramos en otro gran tema de las obras de Dick: si los recuerdos pueden falsificarse e implantarse, ¿puede alguien estar seguro de su verdadera condición como humano o replicante? Rick Deckard recuerda haber pasado el test, pero es posible que también sea un androide.
Uno de los temas favoritos de Dick en sus relatos es que la realidad no es lo que parece en la superficie. El tema de los recuerdos implantados es recurrente en su vida y obra porque a veces él mismo se enfrentaba a la confusión en su propia realidad. Se preguntaba: ¿Son mis recuerdos reales? En 1928, durante la época de la Gran Depresión en Chicago, nacieron los gemelos Philip K. Dick y Jane Dick. Su hermana murió seis semanas después del nacimiento de ambos. Para el joven Philip K. Dick, Jane se convirtió en una parte ausente de sí mismo. En su mundo, ella era real. Él parecía verla con todo detalle. Algunos psicólogos creen que estas visiones ocurrían porque Dick tenía una enfermedad mental no diagnosticada o abusaba de las drogas. Phil sabía que sus visiones no eran completamente reales, pero lo hacían reflexionar y preguntarse: ¿Qué es lo que me hace ser yo? Si la respuesta es "la suma total de mis experiencias", todos los recuerdos de una vida hacen a cada persona única. Pero, ¿qué pasaría si la ciencia pudiera implantar memorias falsas de una vida que nunca se ha vivido? Philip K. Dick imaginó un futuro no tan lejano en el que se podrían comprar recuerdos de unas vacaciones o de un amor que nunca hayas vivido. En su afamado cuento de 1966, "Podemos recordarlo por usted al por mayor", Dick describe un floreciente mercado de experiencias muy convincentes pero artificiales. Los recuerdos, en ese universo narrativo, son una forma de viaje de aventuras. Al no poder pagar unas vacaciones a Marte, un hombre decide implantarse quirúrgicamente los recuerdos de una gran aventura marciana, con consecuencias funestas.
En la visión de futuro de Philip K. Dick, la tecnología tiene el poder de cambiar nuestra percepción de la verdad. El héroe de Dick no está seguro de si es un hombre corriente que sueña ser un agente secreto, o si es un agente secreto cuya mente ha sido manipulada para pensar que no lo es. Dick prevé un mundo en el que la memoria humana se puede sobrescribir con nuevos datos, como la memoria de un computador. Los recientes descubrimientos en neurociencia sugieren que esto podría ser biológicamente posible. Dick no era un científico que entendiera la biomecánica de la memoria, pero era capaz de imaginar que la tecnología pronto cambiaría la percepción que tenemos del pasado. Tal vez esto se deba a que su mente recorría ese camino porque su propio pasado era una neblina de realidad e irrealidad, repleta de acontecimientos que probablemente nunca ocurrieron. Una cosa es segura: las reflexiones de Philip K. Dick sobre la realidad y su naturaleza flexible son proféticas. Dick se imagina una tecnología empleada para engañar a la gente y también ve la posibilidad de que la realidad virtual acabe siendo una escapatoria malsana de la vida cotidiana.
Creo que parte del legado de Philip K. Dick es una advertencia sobre lo fácil que es perderse cuando la tecnología que nos rodea está tan presente. Hay un interesante debate a lo largo de toda su obra: ¿Dónde preferirías estar? ¿Preferirías estar en el aquí y el ahora o preferirías estar inmerso en alguna de tus fantasías? ¿Son esos mundos de fantasía mejores que la realidad que conocemos? Dick sabe que cuando la tecnología invade la mente, ni siquiera nuestros pensamientos tienen escapatoria. Dick escribió sobre drogas psicoactivas, realidades alternativas, abuso de poder policial y tapaderas empresariales desde los años cincuenta. En 1971 se volvió más paranoico, y esta paranoia la proyecta en su arte, imaginando un futuro cercano en el cual el gobierno utiliza tecnologías invasivas para vigilar a la población, convirtiendo la privacidad en algo obsoleto. El resultado es su novela de 1977 Una mirada a la oscuridad (A Scanner Darkly en inglés).
Toda la tecnología de vigilancia moderna es buena o mala dependiendo de la perspectiva del sujeto. Según Dick, ese tipo de vigilancia crearía una especie de prisión, una barrera para la libre expresión y la disconformidad. Tal vez lo que Dick no previó es que muchos de nosotros participaríamos voluntariamente en nuestra propia vigilancia, como lo hacemos hoy en día en Internet.
Creo que Philip K. Dick nos advirtió sobre los peligros de la tecnología y su pronóstico de un futuro próximo en el que nadie sabe en qué realidad está viviendo, se hace cada vez más presente. Dick predijo que los medios de comunicación visuales se convertirían en una forma de arte popular que cambiaría la percepción de la realidad. Afirmó que lo que se hacía para crear la realidad en las películas, los libros o la televisión, no tardaría en influir en la realidad percibida. Hoy día vivimos en una era de grandes avances tecnológicos, pero también de dudas. Los interrogantes que Dick planteó sobre la inteligencia artificial, la virtualidad y el control de las empresas son más relevantes ahora que nunca. El futuro es un viaje hacia lo desconocido. Lo único que podemos hacer es cerrar los ojos, dar un paso hacia adelante y tener fé en que encontraremos algo cuando los volvamos a abrir.