EL BLUE LABEL DE JOHNNIE WALKERGiovanni Mosquera
A pesar de que tomaba mis infortunios con seriedad, no podía entender por
qué aquellos que yo pensaba que eran mis amigos, se burlaban como si me
estuviera riendo con ellos, e insistían en fastidiarme haciéndome sentir como
la persona más estúpida del mundo.
Es verdad que me pasé un poco de copas y terminé dando mis opiniones
impopulares sobre el ejercicio de nuestra vapuleada ocupación. Además de
afirmar, que no había tenido la necesidad de hacer el curso obligatorio de
pobreza, del cual ellos parecían sentirse orgullosos. Cada ridiculización fue
tolerada hasta que Fortunato llegó a la ofensa, el día aquel en que marqué sus
pantalones con mi sangre.
La semana previa a aquel incidente, se había pegado a mí como una
estampilla e intentaba jugarme todo tipo de bromas, algunas de ellas de
carácter infantil que me dejaron un mal sabor de boca. Sentía que mi vida se
caía a pedazos en mi estado de ánimo, la relación tambaleante con mi compañera
y en mis finanzas. Cada vez se iban dilapidando más mis recursos y no
encontraba mayor sosiego que beber en compañía de Fortunato y su amigo
Prospero, que parecían haber adquirido el hábito de gastarse bromas cada cinco
minutos.
Había soportado hasta donde fue posible, los mil pequeños agravios de
Fortunato, pero cuando se enojó rubicundo al devolverle broma pesada tras broma
pesada, con una en la que manché sus pantalones con mi propia sangre (a causa
de un accidente con una grapadora inútil que perforó mi índice y el medio
derecho) y se atrevió a insultarme y amenazar con destrozar y acabar con mis
posesiones, juré que habría de vengarme.
Ustedes que conocen mi temperamento, no supongan que pronuncié la más
ligera amenaza. Algún día me vengaría, eso era definitivo. Pero era importante
actuar con cautela, sin correr el menor riesgo. No solamente era necesario
castigar, sino castigar con impunidad.
A pesar del insulto recibido y la humillación que recibí de parte de
Fortunato, ni por medio de palabras ni de acciones, le di la ocasión de
sospechar de mi buena voluntad. Continué saludándolo como si fuéramos los
mejores amigos y sonriéndole siempre, como era mí deseo, y él no se apercibió
de que ahora, sonreía yo al pensamiento de su inmolación.
Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras cosas podría
considerársele un hombre que inspiraba respeto e incluso temor. Se preciaba de
ser un gran conocedor de licores y un hombre de mundo en lo que se refiere a
todo tipo de bebidas alcohólicas, sobre todo las espirituosas. En materia de
literatura era un charlatán producto de las teorías descolonizadoras tan de
moda en las universidades postmodernas, además de que su desempeño laboral era
pobre y Prospero se mofaba de él por considerarlo lo que él llamaba un profesor
“porno”. Es decir, un maestro que por no hacer nada, pone películas en todas
sus clases.
Tuve la fortuna de cruzármelo aquel treinta y uno de octubre, a la
altura de la quince con cuarenta, cuando me disponía a atravesar la avenida con
el objetivo de realizar una diligencia que me obligaba a trasladarme a una zona
céntrica de la ciudad, para resolver un problema que, si salía como todos lo
estábamos deseando, nos permitiría vivir cómodos el resto de nuestras vidas.
Fortunato vestía un traje de payaso llamativo, con abundante maquillaje
barato que parecía querer escurrirse aquella tarde ante la acción del sol
inclemente.
Se inclinó de inmediato a saludarme y casi termina dándome un beso con
sus labios pintados de un rojo carmesí, que se derretía poco a poco. Pude oler
su grosera embriaguez, producto del consumo excesivo de la cerveza fría que se
despacha en las tiendas de barrio. A pesar de las circunstancias, me animé a
invitarlo a la vieja casa de mi padre, ubicada no muy lejos de allí, entre unos
locales venidos a menos cerca del San Benito.
Fortunato indagó la razón por la cual deberíamos arriesgarnos a ir a una
zona considerada problemática en la ciudad y yo terminé confesándole que la
razón primordial por la cual debía volver a la antigua casa donde otrora había
vivido con mis padres, era recoger una botella de Blue Label de Johnnie Walker,
que me había traído mi entrañable amigo El
Coco Montresor, de uno de sus viajes por la República Argentina.
“¿Blue Label?”, me preguntó incrédulo.
“Blue Label. Eso fue lo que me dijeron que había dejado” afirmé sin titubear, intentando generar un
poco de curiosidad de su parte.
“Blue Label es caro. ¿No será más bien que le dejaron una
botella de Black y le engañaron para que cayera?” inquirió dubitativo, mientras
exhibía sus dientes de perla, blanqueados en una de
las tantas visitas
que hacía al consultorio odontológico.
“No tengo razón para dudar de lo que dijo”, agregué. “Estoy
seguro de que, si El Coco me aseguró que me
trajo una botella de Blue Label de Johnnie Walker, es porque me trajo una
botella de Blue Label. Y ya que usted amigo mío, no cree que alguien me pueda regalar una botella de Blue Label desinteresadamente, estoy dispuesto a compartirla sólo con usted, si me
acompaña a la vieja casa de mi padre a recogerla”.
“¿Y podemos tomarnos el
Blue Label?”
“Y podemos bebernos todo el Blue Label hoy mismo si así lo
desea”.
Pude ver un destello en sus ojos a pesar del efecto del
alcohol, que afectaba su capacidad de mantenerse en pie y lo hacía trastabillar
por las aceras.
Traté de convencerlo de que era conveniente que camináramos
con sumo cuidado, para que no sufriera ningún percance en la calle, a causa de
los malos tragos que había ingerido en las horas de la mañana.
Los niños ya circulaban por las calles y se arremolinaban a
las entradas de los establecimientos comerciales para pedir dulces y caramelos.
Durante el camino, Fortunato marchaba en silencio, parecía concentrado en la
botella de Blue Label y su semblante había adquirido un tono un poco más
saludable. Pronto tendríamos aquella botella en las manos y eso sería
suficiente para ser felices, porque el Blue Label de Johnnie Walker, es un
elixir.
Trastabillando, ingresamos a la casa. En otros tiempos se
asemejaba a un palacio colonial en medio de una zona urbana venida a menos. Su
aspecto ahora era deprimente y en su exterior crecían malezas sin control.
Activé la cerradura con mi vieja llave de hierro forjado, e hice la correspondiente venia para que
Fortunato se internara en las fauces de la que sería su última morada.
El olor a guardado y el polvo
hicieron mella en su organismo debilitado por el alcohol y un catarro que
posiblemente había venido padeciendo desde hacía un par de días.
“Hay mucho polvo”, dijo arrastrando las palabras, a causa de la embriaguez. Luego, comenzó a toser de manera
descontrolada.
“Es imperativo que cuide de sí mismo, Fortunato. Su salud es
preciada. Es usted un hombre que incluso siendo rico seguiría sirviéndole a la
comunidad. Es respetado, admirado, amado. Es usted un hombre feliz, como lo fui
yo en otro tiempo. Todavía conserva usted la actitud positiva y la lozanía
embellecedora de la juventud. Es usted un hombre qué sin duda, haría falta”.
“No me voy a morir por un par de tragos mal habidos, tetranutra”, me contestó con un súbito
relampagueo de sus ojos feroces, que por un momento parecían haber adquirido un
brillo deslumbrante. Rio y se incorporó temblando sobre sus dos piernas, para
luego dirigirse hacia mí, haciendo un gesto obsceno con las manos y la lengua.
Repitió su movimiento grotesco rápidamente, apuntándome con el índice derecho y
con voz ronca anunció:
“Usted, Giovanni Giorgio, es un completo tetranutra”.
“¿Un tetranutra?”,
pregunté confundido.
“¿No comprende?”, inquirió.
“No, la verdad no. Debo reconocer que me siento desconectado
del léxico y las maneras que utilizan los muchachos que tenemos en el aula de clases”.
“Verdad que usted es un arribista sin dinero”, respondió sin
pudor, mientras tomaba asiento obligado por la
fuerza de gravedad y el grado de embriaguez que apenas conseguía soportar.
“Un tetranutra es
un treinta y tres mil veces hijueputa”, agregó.
“¿Cómo se puede ser tantas veces hijueputa sin acabar
aplastado ante la gravedad de tamaño insulto?”, contesté en tono socarrón
mientras me dirigía a la cocina cubierta de polvo y heces de cucarachas y
roedores.
“¡Oiga, Giorgio! Y este lugar merece una barridita, pero es
grande y se pueden hacer unas buenas rumbas con unas muchachitas”, afirmó
mientras contemplaba la sala, arrellanado en la poltrona.
“No se va a poder porque esta casa tiene un proceso encima y
en cualquier momento se la queda el banco para cubrir los gastos. Además,
vinimos por el Blue Label”, contesté mientras inspeccionaba la nevera.
“Es verdad. ¿Dónde está el Blue Label del cual me había
hablado?”.
Saque la botella todavía en la caja y dejé que la sostuviera
en sus manos.
“Parece legítima”, dijo con el entusiasmo propio de los
infantes, pero con el tono lento ininteligible de los ebrios de antaño.
Lo convencí de que me devolviera la caja para poder extraer
la botella sin quebrarla. Fortunato
parecía maravillado ante la contemplación del licor preciado. En un tono de
gozo juvenil, aseveró que sus cálculos mal hechos, le indicaban que la botella
de 750 mililitros debía estar avaluada por encima del millón de pesos.
“Entonces vamos a consumir casi cien mil pesos en cada
trago”, comenté intentando sonar inexpresivo, sin emociones.
Tomé la botella de sus manos temblorosas y la llevé a la
cocina. Procedí a servir dos tragos y en el de mi amigo Fortunato, agregue un
fármaco potente que estaba seguro le haría perder la consciencia por un par de
horas. Creí que se me había ido la mano con la dosis y que Fortunato notaría un
color y olor extraño en su bebida, pero mi querido amigo se sentía tan
afortunado de poder degustar el Blue Label de Johnnie Walker, que en ningún
momento realizó un comentario que pudiera tomarse como indicio de que había
descubierto que su trago había sido adulterado.
Al contrario, bebió lentamente, como si se estuviera tomando el tiempo
necesario para saborear cada gota que le había
servido. Cuando terminó, me miró a los ojos con semblanza de hombre poseído y
anunció en mal acento argentino que: “definitivamente el Blue Label de Johnnie Walker, es un elixir”.
Apenas había terminado de pronunciar aquellas palabras,
cuando su cuerpo se inclinó de forma violenta y fue a dar al suelo desparramado sobre la superficie dura y fría.
Arrastré su cuerpo voluminoso hasta el último cuarto de la casa (la habitación
de San Alejo) y lo esposé a la tubería de plomo antigua que convenientemente
sobresalía de la pared. Tuve mil ideas lunáticas, cada una más improbable que
la anterior, para hacerle pagar sus pecados y me decanté por una estratagema en
la que le haría creer que había abusado de él y le había quitado lo que más apreciaba: su hombría.
Fortunato siempre había sido un homofóbico acérrimo. Solía
hacer comentarios sobre el bajo nivel moral que tenían los profesores “maricas”
y el peligro que representaba tener a este tipo de individuos indecentes en el sistema de educación pública.
Incluso había afirmado en algunas de sus noches de jolgorio etílico, que
deseaba convertirse en ministro de educación, para poder dar por terminados los
contratos de los profesores homosexuales y dejarlos a todos en la calle.
Fue difícil despertar a Fortunato, a pesar de que encendí la
vieja televisión del cuarto de San Alejo y sintonicé una película de Dolph
Lündgren en la cual el vikingo de Hollywood masacraba a enemigos sin rostro, a
diestra y siniestra.
“Fortunato, Fortunato”, lo llamé. A pesar del fuerte efecto
del narcótico, pude ver que apenas abrió los ojos,
notó que se encontraba desnudo. Intentó rascarse las
nalgas con la pared ante la incomodidad causada por la sensación de estar sucio
o de haberse hecho encima
“¿Qué está haciendo, Giorgio? Suélteme que creo que me he cagado. Siento que tengo el culo sucio,
pegajoso”, ordenó en su vozarrón estridente,
que de seguro podría haber comandado temor a
todo un batallón.
“Debo confesarle algo, Fortunato”, le dije “La verdad es que
su actitud burlona e insoportable me jugaron una mala pasada y me vi obligado a
arrebatarle la ropa y a violarlo. Pero no sólo fui yo. Dos amigos más
estuvieron anoche, y entre los tres tomamos turnos y nos lo comimos”
“Estás jugando conmigo de seguro, Giorgio”, me contestó
incrédulo.
Y yo le aseguré que a pesar de lo ridículo que la situación
parecía sonarle, de verdad lo habíamos penetrado y lo habíamos disfrutado
tanto, que habíamos tomado turnos para abusar de su cuerpo.
Gritó con furia, gritó con tristeza, pero, sobre todo, gritó
porque entendía que su hombría había sido mancillada. Una serie de fuertes y
agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado. Durante un
momento quise detener la broma. Vacilé, me estremecí y me sentí tentado a decir
toda la verdad y confesar que lo que tenía Fortunato en sus posaderas, era simple clara de huevo.
Recapacité a tiempo y en lugar de recular, respondí a los
gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y en
fuerza. Así lo hice y el que gritaba acabó por callarse. Su mirada quedó fija
en el piso y por un instante creí que había perdido la consciencia. Un largo
hilo de saliva descendió de su cabeza y conectó su cavidad bucal con el suelo. Cuando me aprestaba a abandonar la
habitación, comencé a escuchar una risa
ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste que,
con dificultad, la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
“¡Buena broma, amigo mío, buena broma! Lo que nos reiremos
luego con Prospero y los demás muchachos. ¡A propósito del Whiskey!
“El Blue Label de Johnnie Walker”, dije.
“Sí, el Blue Label, ¡Qué maravilla de trago! Pero ya se está
haciendo como tarde ¿No estarán esperándome mi amada esposa y a usted sus
pequeñas hijas? Vámonos”.
“Sí”, le respondí, “vámonos ya”.
“¡Por el amor de Dios, Giorgio!”
“Sí”, le contesté; “por el amor de Dios”.
En vano me esforcé por obtener respuesta a mis últimas
palabras. Me impacienté y volví a llamarlo en voz alta.
“¡Fortunato!”.
Pero no hubo respuesta, así que volví a llamar.
“¡Fortunato!”.
Pero no contestó.
Me acerqué a su rostro y noté que su respiración era
inexistente. Intenté tomar su pulso, sin éxito. Al parecer, Fortunato había sido víctima de un ataque al corazón
fulminante. Tal vez no había podido sobrevivir a la broma cruel con la cual
vilipendié su orgullo masculino y lo marqué como homosexual de closet. Una vida abiertamente gay de puertas abiertas habría sido demasiado para un hombre
que destilaba testosterona hasta en la manera de caminar.
Tuve que cavar profundo en el patio de la casa, enterrar el cuerpo corpulento de Fortunato,
además de mis remordimientos. A pesar de que estaba
seguro de que ninguno de los vecinos me había visto llegar con él, debí huir a
una ciudad densamente poblada en otras latitudes y con un idioma que no sonaba
a nada de lo que había escuchado hasta el momento.
Evito ver las noticias para chocarme de golpe con el escenario en el cual encuentran los restos de Fortunato en el patio de la casa, y empiezan a indagar para terminar dando con mi paradero. Pero hasta el momento, nadie parece
haberlo tocado. Su cuerpo yace ahí, bajo la casa abandonada de mi padre y la
botella de Johnnie Walker lo acompaña. Decidí sepultarla a su lado, para que
logre tener algo de sosiego en el inframundo. Pronto volveremos a vernos, para saldar nuestras cuentas en el más allá.