Se despertó a las cuatro de la mañana expectante, a pesar de la lúgubre mañana y el frío que calaba en sus huesos y congelaba hasta sus pensamientos más íntimos. Pasó toda la noche soñando con su única y hermosa Anabel Lee, a quien había perdido hacía tan solo dos años.
Dos años sin la mujer más
bella, la niña de su casa, la esposa más comprensiva que cualquier hombre
podría haber deseado. La que había caminado con él siempre y había soportado
semanas enteras a base de melaza, mendrugos y un potaje aguado que no le
brindaron los nutrientes necesarios, para luchar contra la tuberculosis.
Decidió que no seguiría
llorando ni sufriendo la partida de su amada y que haría de su nombre como
escritor una figura reconocible, tan importante como la de su amigo con el cual
intercambiaba epístolas ocasionales: el popular novelista inglés, Charles
Dickens.
Había quedado de reunirse
en Nueva York con un socio capitalista que estaba interesado en la apertura del
periódico que había bautizado como “The Raven Herald”. Aprovecharía su estadía
en la ciudad para visitar a su tía y suegra María Clemm, la única persona en la
familia que aún se mantenía con vida. Sin embargo, en la parada obligatoria en
Baltimore, una ciudad que siempre había considerado desastrosa y desastrada en
su pasado turbulento como un incipiente autor tratando de hacerse un nombre,
fue interceptado por Rufus Wilmot Griswold. Griswold lo convenció de que podría
presentarlo con un caballero de apellido Reynolds, que podría facilitarle el
dinero que necesitaba, para sentar las bases de su negocio editorial. Conseguir
un empleo estable era una de las condiciones que le había impuesto la viuda
Sarah Elmira Royster, para poder desposarla. A pesar de las dudas y sus
discusiones, en ocasiones acaloradas, el poeta estaba dispuesto a restaurar los
lazos de amistad con Griswold, lo que le ayudaría a salir de la pobreza abyecta
a la que había estado expuesto toda su vida adulta.
Su traje parecía estarse
cayendo a pedazos. Pero a pesar de su situación, había logrado mantener un aire
de elegancia, incluso de pedantería intelectual, adornando el bolsillo de su
camisa avejentada con un pañuelo vistoso que le había regalado Anabel Lee, por
el último cumpleaños que habían tenido la oportunidad de compartir juntos.
Griswold lo arrastró por
las calles de una Baltimore gris, sin alma. Una ciudad mortecina llena de
borrachos que parecían querer arreglar toda desavenencia a puño limpio. El país
estaba al borde del colapso de una guerra civil que acabaría con un cuarto de
la población, pero esto aún no lo sabía el poeta, ni su compañero. Griswold lo
llevó a Depsey’s Brew Pub y lo convenció de sentarse en una de las mesas
contiguas a la barra. Griswold intentó conseguir que bebiera whiskey mientras
esperaban la llegada del socio capitalista, pero el poeta se rehusó aduciendo
que había dejado de beber hacía mucho tiempo y que había prometido sobre la
tumba sagrada de su amada, que no volvería a tocar ninguna bebida embriagante,
a causa de los estragos que podía causar en su complexión débil y delgada.
Comenzaba a impacientarse cuando un hombre delgado de bigote y frente amplia, tomó asiento a su derecha y
lo saludó con un apretón helado que lo congeló con un frío glacial. No pudo
evitar dejar de mirar a los ojos a aquel personaje que parecía devolverle la
mirada, desde un rostro similar al suyo. Por un momento, creyó haberse reunido
con un doble diabólico con el nombre asonante de William Wilson, pero en
realidad, el hombre de voz suave y ademanes delicados se presentó como:
“Ryan Reynolds”, le dijo,
mientras sacudía su mano con una fuerza descomunal. “Nos complace que nos haya
podido acompañar en la ciudad de Baltimore, señor Poe. Su reputación como un
gran poeta e hijo de esta ciudad lo antecede”, afirmó Reynolds, sin dejar de
lado aquella mirada dura y fría que parecía haber petrificado al poeta en su
silla.
En un momento de aquel encuentro misterioso,
Poe tuvo una premonición, una corazonada que le indicaba que debía salir de
allí, huir y embarcarse vía a Nueva York. Pero Reynolds hablaba de dinero como
si este creciera en los árboles y prometía que Poe tendría control absoluto de
lo que se publicara en “The Raven Herald”. Reynolds solo requería de un
cincuenta por ciento de las ganancias. Se atrevió, además, con un pase mágico
de manos, a hacer aparecer ante los ojos de un atónito Poe, un contrato por
cinco años, en el que también se le aseguraba que le apoyaría en la publicación
de una serie de novelas que aún no habían visto la luz, pero que Poe querría
ver publicadas cuanto antes.
A pesar de la ingente
cantidad de promesas y el afán que tenía Griswold para que firmara el documento
lo antes posible, Poe intuyó que no todo en la vida podía darse tan fácil,
después de la racha de mala suerte que había tenido que soportar casi toda su existencia.
Griswold además no era el tipo de persona que él pudiera considerar como un
amigo. De hecho, su corta amistad había terminado poco antes de la muerte de su
amada, cuando Poe se atrevió a criticar sus poemas faltos de imaginación y su
prosa carente de inventiva y desbordante en adjetivos. Griswold había jurado
que Poe pagaría aquella humillación, aunque Poe nunca se dio por enterado sobre
las intenciones de venganza de quien pretendía ser su colaborador e
intermediario en un negocio, que probablemente habría sido el sueño de todo
escritor.
“Señor Poe”, dijo Reynolds
estirándole la última hoja del contrato e indicando con su dedo pálido y helado
el lugar donde debía firmar. “Todo contrato que nos abra un camino a la gloria
debe celebrarse con un elixir. Una bebida especial que nos llene el alma y las
venas del poder que necesitamos para seguir produciendo la mejor literatura en
América. Usted es ese ejecutor y yo velaré porque se cumplan las condiciones
para que usted nos pueda brindar lo mejor de su genio. Este Merlot…”, dijo Reynolds
mientras hacía aparecer frente a ellos una botella alta de vidrio verde, “es de
la mejor cosecha del viejo continente. Traída directamente desde Bordeaux por
el Chevalier Auguste Dupin”.
Poe reaccionó ante la
mención de uno de sus personajes, pero cuando quiso comunicarle a Reynolds
sobre la incomodidad que le generaba aquel nombre, fue interrumpido por este,
quien le pidió que bebiera tan solo una copa, a pesar de que Poe se había
mantenido sobrio los últimos meses y se consideraba abstemio. Después de todo,
podría verse como una falta de cortesía que Poe se rehusara a beber del vino
que tan diligentemente le obsequiaba su mecenas.
“Hágalo por mí”, le dijo Reynolds,
“y no olvide firmar aquí y en la tercera página”.
Los otros dos hombres
bebieron a su salud, pero en lugar del Merlot, terminaron las copas de whiskey
que habían estado bebiendo desde que tomaron asiento en la mesa.
El vino pareció calentar
cada célula de su cabeza. Por unos instantes sintió una fuerza, una fortaleza
en su interior que nunca había experimentado. Tomó el contrato e intentó leerlo
con detenimiento. En una de las cláusulas, se estipulaba que el fruto de su
trabajo y la explotación de su obra estarían a cargo de su apoderado, el señor
Rufus Wilmot Griswold. Quiso protestar, tomar la pluma y arrojarla lejos de
aquel documento, pero ahora su cuerpo parecía hecho de gelatina y sus
movimientos eran manipulados por las manos de su rival.
“No se resista, señor Poe”,
ordenó Griswold mientras lo obligaba a hacer un remedo de su firma con los
dedos fofos, para que terminara de diligenciar aquella declaración en la que
prometía que Griswold explotaría comercialmente y sacaría provecho de cada una
de las obras literarias en las que Poe había trabajado toda su vida.
Poe tuvo la intención de
levantarse de aquella mesa y correr hacia un carruaje salvador que lo alejara
de las garras de Griswold y aquel remedo de ser humano de apellido Reynolds.
Nada pudo hacer, sin embargo. Su voluntad parecía haberse desvanecido y solo
pudo observar cómo lo sacaban de la taberna y cómo era manipulado por unas
cuerdas gigantes invisibles que caían del cielo y tomaban posesión de cada
parte de su cuerpo. Su existencia en el mundo se asemejaba a la de una clase de
marioneta cósmica que se movía de un lado al otro, votando por los candidatos
de diferentes afiliaciones políticas y vomitando en cada rincón de la lúgubre
ciudad de Baltimore.
Lo despojaron de su ropa y
lo vistieron con andrajos más grandes que los propios, lo que de por sí no era
complicado, ya que podía afirmarse que Poe era un hombre de dimensiones
relativamente pequeñas. Medía alrededor de un metro setenta y tres de estatura
y no debía pesar más de cincuenta y nueve kilos. No opuso resistencia al
momento de ser despojado de su viejo traje, pero cuando intentaron tomar aquel
pañuelo vistoso que le había regalado su esposa, pataleó como un niño pequeño,
lloró sin control y se aferró a él como si lo poco que le quedara de vida,
dependiera de aquella prenda que lo mantenía en un estado de semiconsciencia. Un recuerdo que conservaba su corazón aun latiendo y su cuerpo en movimiento.
Fue encontrado días
después, vagando por las calles de Baltimore, con ropas de talla mucho más
grande, desorientado y en un estado casi catatónico, como el descrito en
algunas de sus historias más terroríficas.
Joseph Walker, un
tipógrafo de la ciudad, lo halló en aquel estado de delirio. Contactó al médico
y editor Joseph Sandgrass, quien fue la primera persona que lo reconoció antes
de su muerte. Lo llevaron al Washington College Hospital, donde el aire tenía
un olor penetrante a cloro y hierro. Entre lapsos de lucidez y delirios
febriles, Poe murmuró nombres, fragmentos de oraciones, recuerdos de un cuervo
y un corazón que latía bajo el piso. Poe exhaló un suspiro que sonó a despedida
prematura. Hasta el último minuto de su existencia, se aferró a aquel pañuelo
vistoso, presente de su amada Anabel Lee y dejó que la negra muerte lo cobijara
y lo llevara junto a ella.