Wednesday, 19 November 2025

EL PAÑUELO DE ANABEL LEE

 Se despertó a las cuatro de la mañana expectante, a pesar de la lúgubre mañana y el frío que calaba en sus huesos y congelaba hasta sus pensamientos más íntimos. Pasó toda la noche soñando con su única y hermosa Anabel Lee, a quien había perdido hacía tan solo dos años.

            Dos años sin la mujer más bella, la niña de su casa, la esposa más comprensiva que cualquier hombre podría haber deseado. La que había caminado con él siempre y había soportado semanas enteras a base de melaza, mendrugos y un potaje aguado que no le brindaron los nutrientes necesarios, para luchar contra la tuberculosis.

            Decidió que no seguiría llorando ni sufriendo la partida de su amada y que haría de su nombre como escritor una figura reconocible, tan importante como la de su amigo con el cual intercambiaba epístolas ocasionales: el popular novelista inglés, Charles Dickens.

            Había quedado de reunirse en Nueva York con un socio capitalista que estaba interesado en la apertura del periódico que había bautizado como “The Raven Herald”. Aprovecharía su estadía en la ciudad para visitar a su tía y suegra María Clemm, la única persona en la familia que aún se mantenía con vida. Sin embargo, en la parada obligatoria en Baltimore, una ciudad que siempre había considerado desastrosa y desastrada en su pasado turbulento como un incipiente autor tratando de hacerse un nombre, fue interceptado por Rufus Wilmot Griswold. Griswold lo convenció de que podría presentarlo con un caballero de apellido Reynolds, que podría facilitarle el dinero que necesitaba, para sentar las bases de su negocio editorial. Conseguir un empleo estable era una de las condiciones que le había impuesto la viuda Sarah Elmira Royster, para poder desposarla. A pesar de las dudas y sus discusiones, en ocasiones acaloradas, el poeta estaba dispuesto a restaurar los lazos de amistad con Griswold, lo que le ayudaría a salir de la pobreza abyecta a la que había estado expuesto toda su vida adulta.

            Su traje parecía estarse cayendo a pedazos. Pero a pesar de su situación, había logrado mantener un aire de elegancia, incluso de pedantería intelectual, adornando el bolsillo de su camisa avejentada con un pañuelo vistoso que le había regalado Anabel Lee, por el último cumpleaños que habían tenido la oportunidad de compartir juntos.

            Griswold lo arrastró por las calles de una Baltimore gris, sin alma. Una ciudad mortecina llena de borrachos que parecían querer arreglar toda desavenencia a puño limpio. El país estaba al borde del colapso de una guerra civil que acabaría con un cuarto de la población, pero esto aún no lo sabía el poeta, ni su compañero. Griswold lo llevó a Depsey’s Brew Pub y lo convenció de sentarse en una de las mesas contiguas a la barra. Griswold intentó conseguir que bebiera whiskey mientras esperaban la llegada del socio capitalista, pero el poeta se rehusó aduciendo que había dejado de beber hacía mucho tiempo y que había prometido sobre la tumba sagrada de su amada, que no volvería a tocar ninguna bebida embriagante, a causa de los estragos que podía causar en su complexión débil y delgada.

            Comenzaba a impacientarse cuando un hombre delgado de bigote y frente amplia, tomó asiento a su derecha y lo saludó con un apretón helado que lo congeló con un frío glacial. No pudo evitar dejar de mirar a los ojos a aquel personaje que parecía devolverle la mirada, desde un rostro similar al suyo. Por un momento, creyó haberse reunido con un doble diabólico con el nombre asonante de William Wilson, pero en realidad, el hombre de voz suave y ademanes delicados se presentó como:

            “Ryan Reynolds”, le dijo, mientras sacudía su mano con una fuerza descomunal. “Nos complace que nos haya podido acompañar en la ciudad de Baltimore, señor Poe. Su reputación como un gran poeta e hijo de esta ciudad lo antecede”, afirmó Reynolds, sin dejar de lado aquella mirada dura y fría que parecía haber petrificado al poeta en su silla.

             En un momento de aquel encuentro misterioso, Poe tuvo una premonición, una corazonada que le indicaba que debía salir de allí, huir y embarcarse vía a Nueva York. Pero Reynolds hablaba de dinero como si este creciera en los árboles y prometía que Poe tendría control absoluto de lo que se publicara en “The Raven Herald”. Reynolds solo requería de un cincuenta por ciento de las ganancias. Se atrevió, además, con un pase mágico de manos, a hacer aparecer ante los ojos de un atónito Poe, un contrato por cinco años, en el que también se le aseguraba que le apoyaría en la publicación de una serie de novelas que aún no habían visto la luz, pero que Poe querría ver publicadas cuanto antes.

            A pesar de la ingente cantidad de promesas y el afán que tenía Griswold para que firmara el documento lo antes posible, Poe intuyó que no todo en la vida podía darse tan fácil, después de la racha de mala suerte que había tenido que soportar casi toda su existencia. Griswold además no era el tipo de persona que él pudiera considerar como un amigo. De hecho, su corta amistad había terminado poco antes de la muerte de su amada, cuando Poe se atrevió a criticar sus poemas faltos de imaginación y su prosa carente de inventiva y desbordante en adjetivos. Griswold había jurado que Poe pagaría aquella humillación, aunque Poe nunca se dio por enterado sobre las intenciones de venganza de quien pretendía ser su colaborador e intermediario en un negocio, que probablemente habría sido el sueño de todo escritor.

            “Señor Poe”, dijo Reynolds estirándole la última hoja del contrato e indicando con su dedo pálido y helado el lugar donde debía firmar. “Todo contrato que nos abra un camino a la gloria debe celebrarse con un elixir. Una bebida especial que nos llene el alma y las venas del poder que necesitamos para seguir produciendo la mejor literatura en América. Usted es ese ejecutor y yo velaré porque se cumplan las condiciones para que usted nos pueda brindar lo mejor de su genio. Este Merlot…”, dijo Reynolds mientras hacía aparecer frente a ellos una botella alta de vidrio verde, “es de la mejor cosecha del viejo continente. Traída directamente desde Bordeaux por el Chevalier Auguste Dupin”.

            Poe reaccionó ante la mención de uno de sus personajes, pero cuando quiso comunicarle a Reynolds sobre la incomodidad que le generaba aquel nombre, fue interrumpido por este, quien le pidió que bebiera tan solo una copa, a pesar de que Poe se había mantenido sobrio los últimos meses y se consideraba abstemio. Después de todo, podría verse como una falta de cortesía que Poe se rehusara a beber del vino que tan diligentemente le obsequiaba su mecenas.

            “Hágalo por mí”, le dijo Reynolds, “y no olvide firmar aquí y en la tercera página”.

            Los otros dos hombres bebieron a su salud, pero en lugar del Merlot, terminaron las copas de whiskey que habían estado bebiendo desde que tomaron asiento en la mesa.

            El vino pareció calentar cada célula de su cabeza. Por unos instantes sintió una fuerza, una fortaleza en su interior que nunca había experimentado. Tomó el contrato e intentó leerlo con detenimiento. En una de las cláusulas, se estipulaba que el fruto de su trabajo y la explotación de su obra estarían a cargo de su apoderado, el señor Rufus Wilmot Griswold. Quiso protestar, tomar la pluma y arrojarla lejos de aquel documento, pero ahora su cuerpo parecía hecho de gelatina y sus movimientos eran manipulados por las manos de su rival.

            “No se resista, señor Poe”, ordenó Griswold mientras lo obligaba a hacer un remedo de su firma con los dedos fofos, para que terminara de diligenciar aquella declaración en la que prometía que Griswold explotaría comercialmente y sacaría provecho de cada una de las obras literarias en las que Poe había trabajado toda su vida.

            Poe tuvo la intención de levantarse de aquella mesa y correr hacia un carruaje salvador que lo alejara de las garras de Griswold y aquel remedo de ser humano de apellido Reynolds. Nada pudo hacer, sin embargo. Su voluntad parecía haberse desvanecido y solo pudo observar cómo lo sacaban de la taberna y cómo era manipulado por unas cuerdas gigantes invisibles que caían del cielo y tomaban posesión de cada parte de su cuerpo. Su existencia en el mundo se asemejaba a la de una clase de marioneta cósmica que se movía de un lado al otro, votando por los candidatos de diferentes afiliaciones políticas y vomitando en cada rincón de la lúgubre ciudad de Baltimore.

            Lo despojaron de su ropa y lo vistieron con andrajos más grandes que los propios, lo que de por sí no era complicado, ya que podía afirmarse que Poe era un hombre de dimensiones relativamente pequeñas. Medía alrededor de un metro setenta y tres de estatura y no debía pesar más de cincuenta y nueve kilos. No opuso resistencia al momento de ser despojado de su viejo traje, pero cuando intentaron tomar aquel pañuelo vistoso que le había regalado su esposa, pataleó como un niño pequeño, lloró sin control y se aferró a él como si lo poco que le quedara de vida, dependiera de aquella prenda que lo mantenía en un estado de semiconsciencia. Un recuerdo que conservaba su corazón aun latiendo y su cuerpo en movimiento.

            Fue encontrado días después, vagando por las calles de Baltimore, con ropas de talla mucho más grande, desorientado y en un estado casi catatónico, como el descrito en algunas de sus historias más terroríficas.

            Joseph Walker, un tipógrafo de la ciudad, lo halló en aquel estado de delirio. Contactó al médico y editor Joseph Sandgrass, quien fue la primera persona que lo reconoció antes de su muerte. Lo llevaron al Washington College Hospital, donde el aire tenía un olor penetrante a cloro y hierro. Entre lapsos de lucidez y delirios febriles, Poe murmuró nombres, fragmentos de oraciones, recuerdos de un cuervo y un corazón que latía bajo el piso. Poe exhaló un suspiro que sonó a despedida prematura. Hasta el último minuto de su existencia, se aferró a aquel pañuelo vistoso, presente de su amada Anabel Lee y dejó que la negra muerte lo cobijara y lo llevara junto a ella.

 

           

 

 

 

Tuesday, 18 November 2025

LUNA

 Un adelanto de "En cuatro", que saldrá publicada para la Fería del Libro del próximo año.


Luna

Luna no es su nombre real, pero es el único que viene a mi mente cuando veo su cara en mis recuerdos. Cuando pronuncio su nombre, puedo sentir lo dulce de su boca y un poco de felicidad. Mi vida, como la de mucha gente allá afuera, es un estercolero. Es el resultado del desperdicio y de las frustraciones que se han acumulado a lo largo de los años. Llevaba años hastiado, saltando de trabajo en trabajo entre la monotonía del salón de clases y los estudiantes pegados a sus teléfonos móviles como moscas sobre excremento.

Estaba trabajando en un remedo de universidad que parecía un jardín de infantes. La vida pasaba sin sobresalto. A veces lograba agregar emoción al sinsentido ingiriendo litros de alcohol. Pero después de un par de borracheras seguía sintiéndome solo y abandonado, víctima de un sistema opresor que agotaba las ganas que tenía de luchar. Luna llegó en aquel momento, o la soñé. La hice realidad a través de mis pensamientos y logré que se materializara en un burdel de Chapinero.

Ingresé a aquel bar sordido para verme con una negra de proporciones generosas. Pero como ella era tan dadivosa con los servicios que prestaba, fue imposible encontrarla desocupada. Tuve que sentarme paciente a ver desfilar las mujeres que no conseguían cliente. Por primera vez en la vida tuve suerte. Era una mujer hermosa. Pequeña como una muñeca, pero con ojos de diabla y mirada libidinosa. Su culo era altivo. Tenía un tatuaje que recorría una nalga y se perdía entre sus piernas. Su pelo era de india y sus dientes relucían blancos y finos. Parecía una princesa de otro mundo.

Decidí saborearla poco a poco. Degusté cada uno de los pliegues de su piel. Llegué hasta donde nadie había llegado y la amé como nunca nadie la había amado. Ella era una amante exigente y siempre pedía más. Yo quería darle todo lo que me pidiera, hasta carro y casa si quería, pero no lo hizo. Me pedía dulces como una colegiala. Yo le llevaba helados, chocolates y leche condensada, que luego vertía en su sexo estrecho y procedía a lamer.

Empezamos a vernos fuera del burdel. Luna ni siquiera podía pronunciar mi nombre bien. Aunque decía ser santandereana, su acento sureño reflejaba una extracción más urbana, sureña. Pero a mí no me importaba porque yo era feliz con ella. No pude hacer nada para evitar caer rendido a sus pies y adorarla como al cuerpo celeste que su nombre evocaba. Sentí que era succionado en el maëlstrom de sensaciones a las que me absorbía su boca y aquel agujero negro entre sus piernas.

No podría decirse que tuve una relación seria con Luna. Lo que tengas con una prostituta debe ser de índole físico. Tal vez fue el deseo de poseernos el uno al otro lo que nos llevó a pensar que las cosas podrían haber funcionado. A los hombres solo nos gusta que las mujeres sean putas en nuestra cama, no en la de los demás. Luna quería que dejara todo atrás y me fuera a vivir con ella, ¿pero para qué? ¿Por qué razón? Ella era tan mía como de los demás tipos que frecuentaban aquel bar de Chapinero. Empecé a dejar de verla con el pretexto de la pandemia. Dejé de asistir al bar e inventé excusas para no tener que encontrarme con ella.

Luna nunca me permitió penetrarla a pelo. Pero las dos últimas veces que nos vimos, se relajó, tal vez para retenerme, para evitar perderme. Un día me convenció de que nos viéramos en un motel de Las Ferias. Casi no llega, pero cuando bajó del taxi, estaba tan hermosa como siempre, aunque había perdido peso. Para poder aguantar la exigencia, tomé sildenafil. La erección no desapareció a pesar de que nuestro encuentro se extendió por horas. Después de aquel día, dejé la pastilla azul y empecé a hacer ejercicios de respiración que me ayudaran a controlar la erección de manera natural.

Ese día se despidió contenta y me arrastró a una tienda para hacerse comprar un pijama. Traté de decirle adiós de la manera más distante posible. Las calles de Las Ferias estaban atestadas de transeúntes a esas horas del día y yo no quería arriesgarme a que me viera un conocido. Le di un beso en la mejilla. Ella me tomó del saco con fuerza y me dijo “despídete bien” mientras me arrastraba hacia sus labios y a su cuerpo menudo. Luna tenía ese tipo de detalles que me hacían sentir único, especial.

Después de aquel encuentro, caí en una honda depresión. No quería saber nada más de nadie y pensaba que mi vida ya no tenía sentido. Siempre me he considerado un fracasado con ínfulas de grandeza. Aquellos días, las ganas de triunfar y de ser alguien me habían abandonado. Traté de rechazar a Luna, de dejarla, de nunca más volver a verla. Si me enamoraba de ella, me vería inmerso en una situación desventajosa de la que me sería difícil salir.

“¿Y qué hay de tu felicidad?”, me decía todo el tiempo, cuando de la manera más racional posible trataba de explicarle por qué había decidido no volver a verla.

 Un fin de semana tuve una discusión fuerte en casa, e hice lo que hacen los hombres casados cuando quieren salvar la relación con sus mujeres: se marchan, dejan de pelear y buscan placer fuera.

Encontré el teléfono de Luna en la lista de favoritos. No solamente me dijo que sí, sino que me juró que pasaría uno de los mejores días de mi vida y así fue. Tomé un taxi que me llevó en tiempo récord entre la maraña del tráfico bogotano.

Parecía más joven que el último día en el que nos vimos. Su sonrisa brillante iluminó mi rostro como el cielo que brillaba con alegría sobre Chapinero. Me abrazó con fuerza. Me besó como si nunca me fuera a volver a ver.

Nos comimos a besos en el cuarto del motel. Casi no dejé que ingresara cuando mi lengua buscaba su lengua y mis dedos se internaban profundamente en su sexo. Su vagina era como un río que fluía en subienda y se llevaba todo a su paso. Nos desnudamos en un frenesí de excitación total que me llevó al cielo y me tuvo allí hasta el final de la tarde. Ni siquiera esperé para quitarle la ropa interior antes de penetrarla. En cuestión de minutos, Luna parecía convulsionar sobre mi cuerpo y sus uñas marcaban mis brazos y mi espalda con fuerza, pero sin rasgar ni romper la carne. Quería que durara toda la tarde.

Su sexo era tan estrecho y cálido que debí moverme suavemente con la lentitud de un  depredador voraz acercándose a su presa. Ella, después de mojarme y venirse en espasmos fogosos, quería aligerar el paso, quería que la llenara en todo su ser. Yo quería que fuera solo mía, quería embarazarla. Quería que un diminuto ser quedara alojado en su hermoso cuerpo, que se pareciera a mí y que amara tanto a su madre como yo la amaba en aquel momento.

Pasamos un momento placentero en la tina, acariciándonos, riéndonos y besándonos como dos muchachitos. Luego, ella se tomó todo el tiempo para arreglarse, de pie frente al espejo, mientras yo encendía la televisión y sintonizaba la final de la Liga de Campeones.

No quería que se fuera. La tomé entre mis brazos y la besé despacio, sintiendo todo su cuerpo. Esa fue la última vez que nos besamos de aquella manera. Salimos de la mano por las calles atestadas de transeúntes. Habíamos saciado nuestra sed y ahora sentíamos hambre. Ingresamos a una lechonería frente a la Plazoleta de Lourdes. Ella pidió un plato de lechona.

Le dije que sería lindo que tuviéramos un hijo. Me contestó que para qué, si ella ya no sabía qué éramos ni adónde quería yo llevar todo. No supe qué más decirle. Me callé y simplemente la abracé. La abracé con fuerza, con lágrimas en los ojos, porque en aquel momento sabía que ella ya no volvería a ser mía. Unidos en aquel abrazo, supe en aquel instante que no nos volveríamos a ver y que ella empezaría a odiarme, porque tal vez era uno de los primeros, si no el único hombre que la había rechazado.

Me costó mucho desprenderme de Luna. Desesperado veía cómo los días pasaban monótonamente sin poder encontrar un poco de luz. Traté de buscar su reemplazo en otras mujeres, pero no encontré la misma química, el mismo entendimiento y, por supuesto, el amor. Luna me dio su corazón y lo terminé despreciando. A veces me levantaba con ganas de acabar con todo, pero debía mantenerme con vida, debía seguir existiendo porque quería seguir siendo aquel putañero sinvergüenza que busca mujeres en las calles lúgubres de la ciudad.

 

 


Monday, 3 November 2025

INTENTO DE RAPTO

 INTENTO DE RAPTO (en construcción)

Giovanni Mosquera 

 

            Papá llamaba a mamá cada diciembre cuando le pagaban su bonificación navideña, para que nos acomodara en un bus que nos dejaría a una cuadra de la casa donde vivía con sus padres y los hijos de una de sus hermanas. Las vacaciones significaban que veríamos a papá, ya que papá sólo lo teníamos de cuerpo y presente en época de receso escolar. Pasar fiestas decembrinas con papá era aquella época del año en la que pediría algo imposible de comer para mi edad y acabaría con dolor de barriga y vomitando hasta tarde en la noche.

            No recuerdo porqué razón, aquel día mi hermano no nos acompañaba. Supongo que mis padres hicieron algún experimento en el que mi madre pasaría las navidades y el año nuevo con César, mientras yo los pasaría con papá. Lo que me pareció un trato esplendido porque César me caía mal y contaba mentiras desde que despertaba hasta caer la tarde. Además, cuando veíamos películas de terror como “La mosca” de David Cronenberg, solía imitar a los monstruos de aquellos filmes y terminaba emulando algo desagradable de la película que ejecutaba directamente sobre mí. Recuerdo su triste imitación de la “gota de vómito” del monstruo horripilante en el que llega a convertirse el personaje de Jeff Goldblum, vertiendo un remedo de kumis pestilente sobre mis brazos y mis piernas directamente de su boca.

Viajamos a Villavicencio temprano en la mañana y lo primero que recuerdo es un centro de la ciudad atestado de personas. La gente corría presurosa a comprar ropa y cualquier tipo de adorno navideño que se vendía desde locales que parecían ilegales. Papá me llevaba firme con su mano gruesa, a través de los laberintos poblados de gente que parecía muy alta, moverse muy rápido y no tener un rostro definido. Caminaba temeroso de perderme entre el mar de personas que se movían en dirección opuesta a la nuestra. Papá seguía guiando con mano firme, pero ya casi no veía su rostro. Él se movía a un ritmo diferente del de los demás, sus piernas aparecían y desaparecían del suelo en una vibración y sintonía eléctrica. Mis cortas piernas no lograban seguir el ritmo de su marcha presurosa.

Papá se internó en un local donde no había vitrinas para exhibir los productos, solo mesas repletas de jeans que se vendían a precios probablemente irrisorios. Supongo que era así, porque al local no le cabía una sola alma y todos los adultos se habían lanzado a escoger los pantalones que comprarían como parte del estreno, para el veinticuatro y el treinta y uno.

En apenas unos segundos, perdí la conexión que hasta aquel momento había mantenido con papá y perdí además mi contacto visual con él. Parecía haber sido absorbido por el cardumen en el que se había convertido la masa de personas que se abalanzaba desesperadamente sobre la montaña de jeans. Busqué a papá con la mirada, pero había desaparecido. Miré hacía la salida del local y no lo hallé en el mar de personas que ingresaban, salían y transitaban a esa hora de la mañana. Volteé para buscarlo y en aquel momento, sentí una mano más avejentada que la de papá. Una mano que parecía acostumbrada a labores más rudas que al oficio que exponía a papá a la tiza, el tablero y a los cariños de sus estudiantes mujeres.

Esta mano desconocida, huesuda y callosa aprisionó mi mano de dedos largos y delicados y con cierto éxito logró arrastrarme unos centímetros, pero su paso estaba siendo obstaculizado por la masa inconsciente que había bloqueado cada pasillo del local. Intenté deshacerme de aquella mano llena de dedos sucios y manchas de nicotina, sin efecto. Grité: “papá, papá”, una, dos veces, sin lograr que él apareciera y, por último, con mi mano libre, golpeé con rabia aquella mano que intentaba raptarme y arrastrarme y condenarme a una vida de mendicidad, o tal vez a la muerte misma.

Le hice daño. Logré lastimar su tosca mano huesuda y me soltó y se escabulló entre el mar de gente para perderse para siempre. Di con mi papá entre el grupo de compradores y le conté que un tipo había intentado raptarme, pero que había tenido la fortuna de librarme de él y hacerle daño.

“¿Dónde está? ¿Qué se hizo para meterle un coñazo?” me preguntó mientras preparaba un derechazo y ponía a punto su olfato de pugilista. A los treinta y pico, papá tenía físico de boxeador de antaño. Me lo imaginaba en su juventud al estilo de Mohammed Alí, acribillando a sus rivales en el ring y evadiendo golpes con la agilidad de un gato. Pero su contrincante había abandonado el ring al haber caído en la cuenta de que no habría forma de enfrentarse a papá y a la turba furiosa que de seguro lo apoyaría.

Después del acontecimiento de aquella mañana, papá me llevó a la Cuncia en uno de aquellos camperos rojos que transitan por toda la ciudad y que transportaba a la gente que había estado haciendo las compras navideñas. Después de tomar algo ligero en la vereda, nos dirigimos a Acuallanos, un parque acuático que hacía poco se había inaugurado, y en el que nos divertimos durante el resto de la tarde.

Regresamos temprano al anochecer, con hambre y deseos de descansar en aquel hotel ubicado en el centro de la ciudad donde nos estábamos hospedando. El apetito voraz de una tarde sin un almuerzo apropiado, me hizo pedir un arroz con pollo que engullí como un canino a punto de morir de inanición. Papá se bajó un bistec completo. Mi indigestión causada por el arroz, lo obligó a comprar una sal de frutas que debí tomar a sorbos, mientras veíamos las noticias en una sala de estar del hotel.