El primero de mayo fuimos a
la Feria Internacional del Libro de Bogotá y mi esposa Mónica le compró a su
hermana el libro más vendido de la feria: "Memorias de un hijueputa"
de Fernando Vallejo. Antes de que el libro volara a su destino final, decidí
ver que nos tenía de nuevo el septuagenario más políticamente incorrecto de Colombia, y la
verdad es que su última obra es la mismo de siempre, una gran decepción. Con su verborrea característica y estridente, Vallejo esta
vez tiene nuevas víctimas: la clase política colombiana y a algunos escritores
que sin mofa confunde. ¿Cómo olvidar cuando afirma que el escritor Abad (a
quien llama huerfanito) es el autor de "Sin tetas no hay paraíso"?
Fernando Vallejo parece ya no tener nada que ofrecerles a los lectores,
solamente su coprolalia venenosa que cada vez me resulta más aburridora. Sé que
en el pasado lo consideré un maestro de la literatura, pero en este última
"novela" su prosa parece desgastada, ilegible y rutinaria. La
escritura de Vallejo ha logrado alcanzar su transformación final y ahora es
semejante a su dueño: un viejo cascarrabias odioso de quien todos se ríen, pero
que nadie toma en serio.
Esta novela de
Vallejo es un intento burdo de crear la típica historia latinoamericana de un
tirano, de un dictador déspota que hace y deshace y logra torcer el mundo a su
antojo porque todos siguen sus caprichos. Supongo que Vallejo tuvo como
ejemplo de este tipo de historias a "El Otoño del Patriarca", otra
novela caótica, pero mucho mejor lograda que la del escritor paisa. Cuando
Vallejo trata de convencernos de que quien cuenta sus
memorias es un exdictador loco que se dirige a su secretario Peñaranda, el
libro fluye y divierte. Porque a pesar de todo Vallejo es divertido, aunque de
una manera tan cruel que le gana tantos adeptos como detractores. Pero cuando
Vallejo pierde el hilo de la narración y olvida que aquella voz en primera
persona debe ser aquel personaje que nos propone desde la página 1 y se dedica a importunarnos con sus opiniones estúpidas, la novela se convierte en un
sancocho indigerible, una diarrea mental estrepitosa de la cual yo debía tomar
distancia cada veintena de páginas para no sentirme saturado ante la cantaleta
de aquel vejete solitario, a quien imagino sentando en una mecedora, sacudiendo
el puño al aire mientras a su alrededor el mundo cambia.
A pesar de este
estilo gastado hasta el cansancio, Vallejo sin embargo ha cambiado un poco, y creo yo que ha
cambiado para mal. Su prosa es descuidada, brinca de un lado para otro sin
llegar a un punto. Vallejo además no muestra, sólo nos cuenta todo lo que ha
hecho este memorialista loco, o lo que dice haber hecho. Hay un par de
chispazos, pero también apartados tan desgraciados que dan pena. Un caso que
merece atención especial es cuando suelta su pluma y deja coger ríos de tinta contra los
médicos por matasanos, o cuando se
atreve a afirmar que el SIDA es una enfermedad inexistente para hacerle dinero
a las compañías farmacéuticas. De esta manera, Vallejo se une al pequeño grupo
de intelectuales, con Foucault, que negaron la existencia del VIH. Sería
interesante que Vallejo muriera de la misma manera que el pensador francés,
víctima de una enfermedad a la cual se atrevió a negar sin poseer
conocimientos médicos.
En conclusión,
creo que leer a Vallejo es un retroceso para un aspirante a escritor. Su prosa
se ha tornado en una verborrea pestilente, sin ruta a seguir. Da tumbos como un
borracho senil intentado levantarse un domingo al mediodía para buscar sus
calzones. Vallejo estos días da pena, lo único que queda de aquel brillante
escritor de "El desbarrancadero" es su humor jocoso y cruel y esos pequeñísimos
pasajes que se quedan en la memoria y que valdría la pena recrearlos. Entre
ellos me quedo con la página 51, en la que fusila a los cuatro más grandes
hijueputas que ocuparon la presidencia antes de que un golpe militar
catapultara al poder al tirano loco que dice ser el "dictador" de
estas memorias. "Y ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta...Fueron cayendo y de
hijueputas los cuatro pasaron a cadáveres" dice de César Gaviria, Andrés
Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Sin embargo, no hay más que se
pueda rescatar de su última novela. Incluso el lenguaje es descuidado y
hay una selección de palabras bastante inapropiada y a veces extraña, supongo que ya nadie se atreve a editar
a Vallejo como se solía hacerlo. Una hijueputa pérdida de tiempo, con
tantos libros para leer y tan poco tiempo, hay más de dónde escoger. Larga vida
a Vallejo y su espíritu odioso y pedante. Un 2.0 de 5.0, por divertir a ratos.

No comments:
Post a Comment