Monday, 3 November 2025

INTENTO DE RAPTO

 INTENTO DE RAPTO (en construcción)

Giovanni Mosquera 

 

            Papá llamaba a mamá cada diciembre cuando le pagaban su bonificación navideña, para que nos acomodara en un bus que nos dejaría a una cuadra de la casa donde vivía con sus padres y los hijos de una de sus hermanas. Las vacaciones significaban que veríamos a papá, ya que papá sólo lo teníamos de cuerpo y presente en época de receso escolar. Pasar fiestas decembrinas con papá era aquella época del año en la que pediría algo imposible de comer para mi edad y acabaría con dolor de barriga y vomitando hasta tarde en la noche.

            No recuerdo porqué razón, aquel día mi hermano no nos acompañaba. Supongo que mis padres hicieron algún experimento en el que mi madre pasaría las navidades y el año nuevo con César, mientras yo los pasaría con papá. Lo que me pareció un trato esplendido porque César me caía mal y contaba mentiras desde que despertaba hasta caer la tarde. Además, cuando veíamos películas de terror como “La mosca” de David Cronenberg, solía imitar a los monstruos de aquellos filmes y terminaba emulando algo desagradable de la película que ejecutaba directamente sobre mí. Recuerdo su triste imitación de la “gota de vómito” del monstruo horripilante en el que llega a convertirse el personaje de Jeff Goldblum, vertiendo un remedo de kumis pestilente sobre mis brazos y mis piernas directamente de su boca.

Viajamos a Villavicencio temprano en la mañana y lo primero que recuerdo es un centro de la ciudad atestado de personas. La gente corría presurosa a comprar ropa y cualquier tipo de adorno navideño que se vendía desde locales que parecían ilegales. Papá me llevaba firme con su mano gruesa, a través de los laberintos poblados de gente que parecía muy alta, moverse muy rápido y no tener un rostro definido. Caminaba temeroso de perderme entre el mar de personas que se movían en dirección opuesta a la nuestra. Papá seguía guiando con mano firme, pero ya casi no veía su rostro. Él se movía a un ritmo diferente del de los demás, sus piernas aparecían y desaparecían del suelo en una vibración y sintonía eléctrica. Mis cortas piernas no lograban seguir el ritmo de su marcha presurosa.

Papá se internó en un local donde no había vitrinas para exhibir los productos, solo mesas repletas de jeans que se vendían a precios probablemente irrisorios. Supongo que era así, porque al local no le cabía una sola alma y todos los adultos se habían lanzado a escoger los pantalones que comprarían como parte del estreno, para el veinticuatro y el treinta y uno.

En apenas unos segundos, perdí la conexión que hasta aquel momento había mantenido con papá y perdí además mi contacto visual con él. Parecía haber sido absorbido por el cardumen en el que se había convertido la masa de personas que se abalanzaba desesperadamente sobre la montaña de jeans. Busqué a papá con la mirada, pero había desaparecido. Miré hacía la salida del local y no lo hallé en el mar de personas que ingresaban, salían y transitaban a esa hora de la mañana. Volteé para buscarlo y en aquel momento, sentí una mano más avejentada que la de papá. Una mano que parecía acostumbrada a labores más rudas que al oficio que exponía a papá a la tiza, el tablero y a los cariños de sus estudiantes mujeres.

Esta mano desconocida, huesuda y callosa aprisionó mi mano de dedos largos y delicados y con cierto éxito logró arrastrarme unos centímetros, pero su paso estaba siendo obstaculizado por la masa inconsciente que había bloqueado cada pasillo del local. Intenté deshacerme de aquella mano llena de dedos sucios y manchas de nicotina, sin efecto. Grité: “papá, papá”, una, dos veces, sin lograr que él apareciera y, por último, con mi mano libre, golpeé con rabia aquella mano que intentaba raptarme y arrastrarme y condenarme a una vida de mendicidad, o tal vez a la muerte misma.

Le hice daño. Logré lastimar su tosca mano huesuda y me soltó y se escabulló entre el mar de gente para perderse para siempre. Di con mi papá entre el grupo de compradores y le conté que un tipo había intentado raptarme, pero que había tenido la fortuna de librarme de él y hacerle daño.

“¿Dónde está? ¿Qué se hizo para meterle un coñazo?” me preguntó mientras preparaba un derechazo y ponía a punto su olfato de pugilista. A los treinta y pico, papá tenía físico de boxeador de antaño. Me lo imaginaba en su juventud al estilo de Mohammed Alí, acribillando a sus rivales en el ring y evadiendo golpes con la agilidad de un gato. Pero su contrincante había abandonado el ring al haber caído en la cuenta de que no habría forma de enfrentarse a papá y a la turba furiosa que de seguro lo apoyaría.

Después del acontecimiento de aquella mañana, papá me llevó a la Cuncia en uno de aquellos camperos rojos que transitan por toda la ciudad y que transportaba a la gente que había estado haciendo las compras navideñas. Después de tomar algo ligero en la vereda, nos dirigimos a Acuallanos, un parque acuático que hacía poco se había inaugurado, y en el que nos divertimos durante el resto de la tarde.

Regresamos temprano al anochecer, con hambre y deseos de descansar en aquel hotel ubicado en el centro de la ciudad donde nos estábamos hospedando. El apetito voraz de una tarde sin un almuerzo apropiado, me hizo pedir un arroz con pollo que engullí como un canino a punto de morir de inanición. Papá se bajó un bistec completo. Mi indigestión causada por el arroz, lo obligó a comprar una sal de frutas que debí tomar a sorbos, mientras veíamos las noticias en una sala de estar del hotel.

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