INTENTO DE RAPTO (en construcción)
Giovanni Mosquera
Papá llamaba a mamá cada diciembre
cuando le pagaban su bonificación navideña, para que nos acomodara en un bus
que nos dejaría a una cuadra de la casa donde vivía con sus padres y los hijos
de una de sus hermanas. Las vacaciones significaban que veríamos a papá, ya que
papá sólo lo teníamos de cuerpo y presente en época de receso escolar. Pasar fiestas
decembrinas con papá era aquella época del año en la que pediría algo imposible
de comer para mi edad y acabaría con dolor de barriga y vomitando hasta tarde
en la noche.
No recuerdo porqué razón, aquel día
mi hermano no nos acompañaba. Supongo que mis padres hicieron algún experimento
en el que mi madre pasaría las navidades y el año nuevo con César, mientras yo
los pasaría con papá. Lo que me pareció un trato esplendido porque César me caía
mal y contaba mentiras desde que despertaba hasta caer la tarde. Además, cuando
veíamos películas de terror como “La mosca” de David Cronenberg, solía imitar a
los monstruos de aquellos filmes y terminaba emulando algo desagradable de la
película que ejecutaba directamente sobre mí. Recuerdo su triste imitación de
la “gota de vómito” del monstruo horripilante en el que llega a convertirse el
personaje de Jeff Goldblum, vertiendo un remedo de kumis pestilente sobre mis
brazos y mis piernas directamente de su boca.
Viajamos a Villavicencio temprano en la mañana y lo primero que recuerdo
es un centro de la ciudad atestado de personas. La gente corría presurosa a comprar
ropa y cualquier tipo de adorno navideño que se vendía desde locales que parecían
ilegales. Papá me llevaba firme con su mano gruesa, a través de los laberintos
poblados de gente que parecía muy alta, moverse muy rápido y no tener un rostro
definido. Caminaba temeroso de perderme entre el mar de personas que se movían
en dirección opuesta a la nuestra. Papá seguía guiando con mano firme, pero ya casi
no veía su rostro. Él se movía a un ritmo diferente del de los demás, sus
piernas aparecían y desaparecían del suelo en una vibración y sintonía eléctrica.
Mis cortas piernas no lograban seguir el ritmo de su marcha presurosa.
Papá se internó en un local donde no había vitrinas para exhibir los
productos, solo mesas repletas de jeans que se vendían a precios probablemente
irrisorios. Supongo que era así, porque al local no le cabía una sola alma y
todos los adultos se habían lanzado a escoger los pantalones que comprarían
como parte del estreno, para el veinticuatro y el treinta y uno.
En apenas unos segundos, perdí la conexión que hasta aquel momento había
mantenido con papá y perdí además mi contacto visual con él. Parecía haber sido
absorbido por el cardumen en el que se había convertido la masa de personas que
se abalanzaba desesperadamente sobre la montaña de jeans. Busqué a papá con la
mirada, pero había desaparecido. Miré hacía la salida del local y no lo hallé en
el mar de personas que ingresaban, salían y transitaban a esa hora de la
mañana. Volteé para buscarlo y en aquel momento, sentí una mano más avejentada
que la de papá. Una mano que parecía acostumbrada a labores más rudas que al
oficio que exponía a papá a la tiza, el tablero y a los cariños de sus
estudiantes mujeres.
Esta mano desconocida, huesuda y callosa aprisionó mi mano de dedos largos
y delicados y con cierto éxito logró arrastrarme unos centímetros, pero su paso
estaba siendo obstaculizado por la masa inconsciente que había bloqueado cada
pasillo del local. Intenté deshacerme de aquella mano llena de dedos sucios y manchas
de nicotina, sin efecto. Grité: “papá, papá”, una, dos veces, sin lograr que él
apareciera y, por último, con mi mano libre, golpeé con rabia aquella mano que
intentaba raptarme y arrastrarme y condenarme a una vida de mendicidad, o tal
vez a la muerte misma.
Le hice daño. Logré lastimar su tosca mano huesuda y me soltó y se
escabulló entre el mar de gente para perderse para siempre. Di con mi papá
entre el grupo de compradores y le conté que un tipo había intentado raptarme,
pero que había tenido la fortuna de librarme de él y hacerle daño.
“¿Dónde está? ¿Qué se hizo para meterle un coñazo?” me preguntó mientras
preparaba un derechazo y ponía a punto su olfato de pugilista. A los treinta y
pico, papá tenía físico de boxeador de antaño. Me lo imaginaba en su juventud
al estilo de Mohammed Alí, acribillando a sus rivales en el ring y evadiendo
golpes con la agilidad de un gato. Pero su contrincante había abandonado el
ring al haber caído en la cuenta de que no habría forma de enfrentarse a papá y
a la turba furiosa que de seguro lo apoyaría.
Después del acontecimiento de aquella mañana, papá me llevó a la Cuncia
en uno de aquellos camperos rojos que transitan por toda la ciudad y que transportaba
a la gente que había estado haciendo las compras navideñas. Después de tomar
algo ligero en la vereda, nos dirigimos a Acuallanos, un parque acuático
que hacía poco se había inaugurado, y en el que nos divertimos durante el resto
de la tarde.
Regresamos temprano al anochecer, con hambre y deseos de descansar en
aquel hotel ubicado en el centro de la ciudad donde nos estábamos hospedando.
El apetito voraz de una tarde sin un almuerzo apropiado, me hizo pedir un arroz
con pollo que engullí como un canino a punto de morir de inanición. Papá se
bajó un bistec completo. Mi indigestión causada por el arroz, lo obligó a
comprar una sal de frutas que debí tomar a sorbos, mientras veíamos las
noticias en una sala de estar del hotel.
No comments:
Post a Comment