Un adelanto de "En cuatro", que saldrá publicada para la Fería del Libro del próximo año.
Luna
Luna no es su nombre real, pero es el único que viene a mi mente cuando veo su cara en mis recuerdos. Cuando pronuncio su nombre, puedo sentir lo dulce de su boca y un poco de felicidad. Mi vida, como la de mucha gente allá afuera, es un estercolero. Es el resultado del desperdicio y de las frustraciones que se han acumulado a lo largo de los años. Llevaba años hastiado, saltando de trabajo en trabajo entre la monotonía del salón de clases y los estudiantes pegados a sus teléfonos móviles como moscas sobre excremento.
Estaba trabajando en un remedo de universidad que parecía
un jardín de infantes. La vida pasaba sin sobresalto. A veces lograba agregar
emoción al sinsentido ingiriendo litros de alcohol. Pero después de un par de
borracheras seguía sintiéndome solo y abandonado, víctima de un sistema opresor
que agotaba las ganas que tenía de luchar. Luna llegó en aquel momento, o la
soñé. La hice realidad a través de mis pensamientos y logré que se
materializara en un burdel de Chapinero.
Ingresé a aquel bar sordido para verme con una
negra de proporciones generosas. Pero como ella era tan dadivosa con los
servicios que prestaba, fue imposible encontrarla desocupada. Tuve que sentarme
paciente a ver desfilar las mujeres que no conseguían cliente. Por primera vez
en la vida tuve suerte. Era una mujer hermosa. Pequeña como una muñeca, pero
con ojos de diabla y mirada libidinosa. Su culo era altivo. Tenía un tatuaje
que recorría una nalga y se perdía entre sus piernas. Su pelo era de india y
sus dientes relucían blancos y finos. Parecía una princesa de otro mundo.
Decidí saborearla poco a poco. Degusté cada uno de los
pliegues de su piel. Llegué hasta donde nadie había llegado y la amé como nunca
nadie la había amado. Ella era una amante exigente y siempre pedía más. Yo
quería darle todo lo que me pidiera, hasta carro y casa si quería, pero no lo
hizo. Me pedía dulces como una colegiala. Yo le llevaba helados, chocolates y
leche condensada, que luego vertía en su sexo estrecho y procedía a lamer.
Empezamos a vernos fuera del burdel. Luna ni siquiera
podía pronunciar mi nombre bien. Aunque decía ser santandereana, su acento
sureño reflejaba una extracción más urbana, sureña. Pero a mí no me importaba
porque yo era feliz con ella. No pude hacer nada para evitar caer rendido a sus
pies y adorarla como al cuerpo celeste que su nombre evocaba. Sentí que era succionado en el maëlstrom de sensaciones a las que me absorbía su boca y aquel
agujero negro entre sus piernas.
No podría decirse que tuve una relación seria con Luna. Lo
que tengas con una prostituta debe ser de índole físico. Tal vez fue el deseo
de poseernos el uno al otro lo que nos llevó a pensar que las cosas podrían haber
funcionado. A los hombres solo nos gusta que las mujeres sean putas en nuestra
cama, no en la de los demás. Luna quería que dejara todo atrás y me fuera a
vivir con ella, ¿pero para qué? ¿Por qué razón? Ella era tan mía como de los
demás tipos que frecuentaban aquel bar de Chapinero. Empecé a dejar de verla
con el pretexto de la pandemia. Dejé de asistir al bar e inventé excusas para
no tener que encontrarme con ella.
Luna nunca me permitió penetrarla a pelo. Pero las dos
últimas veces que nos vimos, se relajó, tal vez para retenerme, para evitar
perderme. Un día me convenció de que nos viéramos en un motel de Las Ferias.
Casi no llega, pero cuando bajó del taxi, estaba tan hermosa como siempre,
aunque había perdido peso. Para poder aguantar la exigencia, tomé sildenafil. La
erección no desapareció a pesar de que nuestro encuentro se extendió por horas.
Después de aquel día, dejé la pastilla azul y empecé a hacer ejercicios de
respiración que me ayudaran a controlar la erección de manera natural.
Ese día se despidió contenta y me arrastró a una tienda
para hacerse comprar un pijama. Traté de decirle adiós de la manera más distante
posible. Las calles de Las Ferias estaban atestadas de transeúntes a esas horas
del día y yo no quería arriesgarme a que me viera un conocido. Le di un beso en
la mejilla. Ella me tomó del saco con fuerza y me dijo “despídete bien”
mientras me arrastraba hacia sus labios y a su cuerpo menudo. Luna tenía ese
tipo de detalles que me hacían sentir único, especial.
Después de aquel encuentro, caí en una honda depresión.
No quería saber nada más de nadie y pensaba que mi vida ya no tenía sentido.
Siempre me he considerado un fracasado con ínfulas de grandeza. Aquellos días,
las ganas de triunfar y de ser alguien me habían abandonado. Traté de rechazar
a Luna, de dejarla, de nunca más volver a verla. Si me enamoraba de ella, me
vería inmerso en una situación desventajosa de la que me sería difícil salir.
“¿Y qué hay de tu felicidad?”, me decía todo el tiempo,
cuando de la manera más racional posible trataba de explicarle por qué había
decidido no volver a verla.
Un fin de semana
tuve una discusión fuerte en casa, e hice lo que hacen los hombres casados cuando
quieren salvar la relación con sus mujeres: se marchan, dejan de pelear y
buscan placer fuera.
Encontré el teléfono de Luna en la lista de favoritos. No
solamente me dijo que sí, sino que me juró que pasaría uno de los mejores días
de mi vida y así fue. Tomé un taxi que me llevó en tiempo récord entre la
maraña del tráfico bogotano.
Parecía más joven que el último día en el que nos vimos.
Su sonrisa brillante iluminó mi rostro como el cielo que brillaba con alegría
sobre Chapinero. Me abrazó con fuerza. Me besó como si nunca me fuera a volver
a ver.
Nos comimos a besos en el cuarto del motel. Casi no dejé
que ingresara cuando mi lengua buscaba su lengua y mis dedos se internaban
profundamente en su sexo. Su vagina era como un río que fluía en subienda y se
llevaba todo a su paso. Nos desnudamos en un frenesí de excitación total que me
llevó al cielo y me tuvo allí hasta el final de la tarde. Ni siquiera esperé
para quitarle la ropa interior antes de penetrarla. En cuestión de minutos,
Luna parecía convulsionar sobre mi cuerpo y sus uñas marcaban mis brazos y mi
espalda con fuerza, pero sin rasgar ni romper la carne. Quería que durara toda
la tarde.
Su sexo era tan estrecho y cálido que debí moverme suavemente
con la lentitud de un depredador voraz acercándose a su presa. Ella, después de
mojarme y venirse en espasmos fogosos, quería aligerar el paso, quería que la
llenara en todo su ser. Yo quería que fuera solo mía, quería embarazarla.
Quería que un diminuto ser quedara alojado en su hermoso cuerpo, que se
pareciera a mí y que amara tanto a su madre como yo la amaba en aquel momento.
Pasamos un momento placentero en la tina, acariciándonos,
riéndonos y besándonos como dos muchachitos. Luego, ella se tomó todo el tiempo
para arreglarse, de pie frente al espejo, mientras yo encendía la televisión y
sintonizaba la final de la Liga de Campeones.
No quería que se fuera. La tomé entre mis brazos y la
besé despacio, sintiendo todo su cuerpo. Esa fue la última vez que nos besamos
de aquella manera. Salimos de la mano por las calles atestadas de transeúntes.
Habíamos saciado nuestra sed y ahora sentíamos hambre. Ingresamos a una
lechonería frente a la Plazoleta de Lourdes. Ella pidió un plato de
lechona.
Le dije que sería lindo que tuviéramos un hijo. Me
contestó que para qué, si ella ya no sabía qué éramos ni adónde quería yo
llevar todo. No supe qué más decirle. Me callé y simplemente la abracé. La
abracé con fuerza, con lágrimas en los ojos, porque en aquel momento sabía que
ella ya no volvería a ser mía. Unidos en aquel abrazo, supe en aquel instante
que no nos volveríamos a ver y que ella empezaría a odiarme, porque tal vez era
uno de los primeros, si no el único hombre que la había rechazado.
Me costó mucho desprenderme de Luna. Desesperado veía
cómo los días pasaban monótonamente sin poder encontrar un poco de luz. Traté
de buscar su reemplazo en otras mujeres, pero no encontré la misma química, el
mismo entendimiento y, por supuesto, el amor. Luna me dio su corazón
y lo terminé despreciando. A veces me levantaba con ganas de acabar con todo, pero
debía mantenerme con vida, debía seguir existiendo porque quería seguir siendo
aquel putañero sinvergüenza que busca mujeres en las calles lúgubres de la
ciudad.
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